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La recesión y lo colateral


Recesión, palabra maldita que está más en la boca de los ricos que en la de los pobres. Quizás, porque los pobres están curados de espanto y entienden mejor las penurias de esta vida, descritas como pocos por el actor Woody Allen, con aquella célebre frase, crecida de pedagogía: "De pequeño quise tener un perro, pero mis padres eran pobres y sólo pudieron comprarme una hormiga". Tal vez, igualmente, a los pobres tampoco les atemorice la pobreza, en parte porque jamás les hemos dejado -los pudientes -salir de ella, y se conformen pensando que nadie vive tan pobre como nació. Posiblemente, de igual modo, tampoco entiendan nada, ni falta que nos hace a todos, que esta disminución generalizada de la actividad económica de un país, a veces la prolongan la casta de especuladores que transitan por el mundo sin moral alguna, para seguir cosechando más riqueza. El pobre eso sí, sí que lo entiende, que a río revuelto siempre hay ganancia de pescadores.

Todos los días, y a todas las horas como un sol plomizo, el dios mercado nos alerta del riego del demonio, que no es otro que los abruptos resultados de una recesión inminente. O sea, para que me entiendan los pobres, que algunos ricos hoy dejarán de serlo y se empobrecerán. ¿Qué pasaría, si de pronto, todos nos volviésemos pobres? Puede que sea la pregunta que nunca se ha hecho. Seguro que ninguna vez se la hizo si pertenece al territorio de los poderosos. Los que pertenecen al territorio de la pobreza posiblemente sí. La abundancia parece que nos quiere volver pobres y los bocazas desde sus tribunas dicen que la recesión es muy seria, hasta el punto que siembran el terror más depredador, el de la depresión.

Así, hoy el mundo, muestra un decrecimiento humano más terrorífico que el de la actividad económica. Algunos de estos redentores, más políticos que poéticos, es decir más inhumanos que humanos, no han conocido la recesión en sus vidas ni la conocerán. Esta es la auténtica rabia que servidor tiene.

Víctor Corcoba H.

Escritor, España.

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