default

La responsabilidad de gobernar en democracia

Por: Redacción 03/11/2014

Se cumplen hoy, 3 de noviembre de 2014, 111 años de la fundación de la República de Panamá. Correspondió al Dr. Manuel Amador Guerrero, en su carácter de primer Presidente de la República (1904-1908), echar las bases de la estructuración nacional. En un país donde virtualmente no había nada de lo que requiere la vida moral y material de un Estado, era preciso crearlo todo.

EL ARTE DE GOBERNAR, DE GOBERNAR DEMOCRÁTICAMENTE, ES AVANZAR HACIA OBJETIVOS LEGITIMADOS POR LA SOBERANÍA POPULAR, RESPETANDO EL ESTADO DE DERECHO Y AL RITMO QUE ESTE PERMITE.

Era necesario organizar la administración pública, consolidar las relaciones internacionales, levantar el nivel intelectual; formar una ciudadanía preparada para las funciones del gobierno propio; estimular las industrias, proteger el comercio, fomentar la riqueza pública, en una palabra, dar aspecto decoroso de nación a la provincia pobre, de desarrollo incipiente y de cultura rudimentaria que alentaba la aspiración de ocupar con honor un puesto en la comunidad internacional. En la ejecución de los planos constructivos de la nacionalidad panameña, Manuel Amador Guerrero realizó obra notable cuyos lineamientos generales han señalado rumbos a todas las administraciones posteriores.

La historia y el desenvolvimiento vertiginoso de nuestro país están llenos de ejemplos que han demostrado cuán valioso, humano y conveniente es el sistema democrático de gobierno. La democracia es en América, y particularmente en Panamá, más que una doctrina, una forma de vida.

Apreciar cabalmente lo que hicimos en el pasado para conquistar una personalidad colectiva de nación digna y respetada en el mundo, lo que seguimos y debemos continuar haciendo para mantenerla sin deformaciones que la disminuyan o ensombrezcan en su pura ejecutoria; patriótica en el más alto grado, es toda tarea que nos permite adquirir plena noción de las fuerzas morales y materiales que debemos acrecentar de modo incesante para sentirnos seguros de nuestro presente y de nuestro mañana, dueños de nuestro destino, artífices conscientes de nuestro quehacer histórico al servicio de la Nación panameña y de los demás pueblos libres del mundo.

El arte de gobernar, de gobernar democráticamente, es avanzar hacia objetivos legitimados por la soberanía popular, respetando el Estado de derecho y al ritmo que este permite. Cuando una sociedad se encuentra fragmentada y socialmente polarizada como ocurre con la panameña hoy, se requiere autoridad y mucho sentido de articulación de intereses diversos. Gobernar es también el arbitraje entre presente y futuro, que supone en ocasiones convocar a los ciudadanos a sacrificios hoy --siempre con el ejemplo edificante-- a fin de lograr mayor bienestar mañana.

Se puede discurrir mucho sobre modelos, pero finalmente los países que logran éxito, prosperan y ofrecen un trato justo e igualitario a sus ciudadanos, son los capaces de tener continuidad de sus políticas, incluso en momentos difíciles cuando se produce desconexión con el sentimiento mayoritario. Desde la responsabilidad de gobernar no se concuerda siempre con el interés inmediato de unos y otros. Justamente, esa es la virtud de la democracia representativa: es en determinados momentos --a la hora de la renovación periódica de las autoridades y no siempre o bien por tal tema específico--que los ciudadanos hacen su balance. Pero hay algo más que destacar en esto: ¡los gobiernos volubles ante la opinión pública nunca avanzan mucho, porque esta con frecuencia también es voluble!

En verdad, las sociedades necesitan ser representadas para tener coherencia y para que las instituciones públicas que emanan de ella puedan actuar, disminuyendo tanto la dispersión como la ineficacia que terminan deslegitimando a la democracia. Histórica e instintivamente los pueblos americanos fueron y son democráticos. No importa los dolorosos avatares de anarquía y desorden que la mayor parte de ellos conocieron. No importa, tampoco, las desviaciones que en nuestros propios días siguen registrándose. No puede hacerse de estos hechos una requisitoria contra las libertades populares.

Si en realidad tiene sentido la opción del ejercicio de gobernar, especialmente para atacar el mal mayor de nuestra sociedad, que es la desigualdad; entonces el gobernante debe desempeñar la función encomendada con cabal sentido de responsabilidad, conciencia de la propia idoneidad y espíritu de sacrificio. Además, no olvidar jamás, que para exigir a la ciudadanía orden, honradez, conducta y esfuerzo, es preciso obrar en los planos superiores con fuerza de ejemplaridad.

 

Edición Impresa

Jueves 6 de agosto de 2026