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La Roja


Querido director:

Comprendo que durante estos últimos meses haya usted escuchado “la roja, la roja” hasta casi la extenuación y referida, como no, a la selección española de fútbol. En puridad debería llamarse “la roja y gualda (amarillo)”, que son los colores de nuestra bandera nacional. La acepción “la roja” fue un invento de los rojos españoles que ahora están en el poder. Demuestra una vez más la superioridad de la izquierda sobre la derecha en el campo de la propaganda y la subversión.

Usted conoce que España sufre en dos de sus regiones más ricas, Cataluña y Vascongadas, sendos y graves procesos separatistas que, siendo al principio muy minoritarios, después de 30 años de imponer en las escuelas e instituciones públicas sus idiomas y sus banderas, hoy revisten una gravedad que amenaza ya a corto plazo la, según la Constitución de 1978, “indisoluble unidad de la nación española”. El odio de estos nacionalistas hacia lo que signifique España les llevó, como en Barcelona, a prohibir la instalación de pantallas gigantes o impedir a los chavales que estaban de vacaciones en albergues públicos, ver los partidos de España por televisión.

Según los avances de la selección, millones de personas se lanzaban a las calles con nuestra bandera y en otros varios millones de ventanas o balcones se colocaron fijas y muchas de ellas permanecen. La marea de afirmación nacional y patriotismo fue de tal calibre, que perdiendo cualquier miedo, cientos de miles de catalanes y vascos se llevaron por delante todas las prohibiciones de los politicastros de cuarta división e inundaron las calles de Barcelona y de Bilbao al grito de ¡España! Los mismos políticos que no mencionan nunca esta palabra y que en sus despachos no tienen la bandera nacional y que han hecho borrar de los libros de historia siglos y reinados completos de nuestra andadura, se pusieron a la cabeza del nuevo movimiento, intentando rentabilizar política y electoralmente la situación.

Queda para el futuro esta lección que el pueblo mayoritario, tranquilo y llano ha dado a la inmensa mayoría de la clase política que nos gobierna, recordándoles que la identidad española es como el Ave Fénix, parece haber desaparecido, para poco después y siempre, reaparecer victoriosa.

¿Se acuerda de aquel José Bono, presidente del Congreso de los Diputados de España, al que se le había descubierto una fortuna sin origen conocido? Pues lo que eran diez millones de euros, ahora ya son propiedades por valor de 80 millones. Además, siendo socialista ha cometido un aberrante delito: tenía trabajando en una de sus fincas a inmigrantes ilegales, sin papeles, a los que pagaba la mitad del salario habitual, y defraudando además al Estado al no pagar las contribuciones sociales. Ya le conté con qué lapidarias frases justificaba su honradez. Ahora, ha encontrado un nuevo sistema para reírse de los españoles: ha comunicado que se separa de su esposa y que como ha sido un marido amantísimo y generoso, le dona la mayor parte de su descubierto patrimonio. El Rey don Juan Carlos ha sido operado de una afección pulmonar. Además de hacerse precipitadamente y en secreto, la intervención y las explicaciones médicas de que el proceso es benigno, no acaban de convencer a los españoles. El propio médico del Rey ha reconocido que cuando fue ingresado había un 98% de posibilidades de que fuese cáncer de pulmón.

Atentamente,