La separación del tres
“El pueblo del Istmo, en vista de causas tan notorias, ha decidido recobrar su soberanía, entrar a formar parte de la sociedad de las naciones independientes y libres, para labrar su propia suerte, asegurar su porvenir de modo visible y desempeñar el papel al que está llamado por la situación de su territorio y por sus inmensas riquezas. A eso aspiramos los iniciadores del movimiento efectuado que con tan unánime aprobación ha obtenido. Aspiramos a la fundación de una República verdadera en donde impere la tolerancia, en donde las leyes sean norma invariable de gobernantes y gobernados; en donde se establezca la paz efectiva, que consiste en el juego libre y armónico de todos los intereses y de todas las actividades, y en donde, en suma, encuentren perpetuo asiento la civilización y el progreso”. Estas palabras del manifiesto de la Junta Provisional de Gobierno, formada por José Agustín Arango, Federico Boyd y Tomás Arias, no solo reflejan el alto propósito que animó la fundación de la República de Panamá, sino que expresan el espíritu permanente de la forja de una nación libre y armónica en la que se conjuguen las ideologías, razas y religiones como los colores del arcoíris.
A partir de la fundación de la nación soberana hemos soportado numerosos desafíos que pusieron a prueba nuestra existencia independiente. La separación de Colombia vino amarrada con la factura de la construcción del canal y la constitución de un enclave normado con sus propias reglas. La historia nos ha enseñado la lección de la paciencia histórica. No ha sido fácil el desarrollo del proyecto nacional que, a menudo, tropezó con intereses extraños, luchas intestinas, hegemonía de regímenes inconstitucionales, el socavamiento de las instituciones tutelares. Los escépticos llegaron a pensar que por la estrechez territorial, por la sombra de la dependencia de grandes potencias, y por la natural demora de la formación de una clase dirigente, podíamos fracasar en el camino. No tenemos materias primas para convertirnos en potencia exportadora. La meta de la agricultura y la ganadería continúa siendo la plena satisfacción del consumo nacional. Sin embargo, hemos creado una economía de servicios que muchos envidian y algunos tratan de imitar porque nos proporciona un rango internacional ganado sin prisa y sin pausa. No se nos puede calificar de república banana, o paraíso fiscal o lugar de paso efímero. Hemos ganado respetabilidad gracias a los índices de crecimiento de inversiones y de desarrollo con valor agregado. Tal como lo ambicionaron los próceres fundadores, hemos ganado un espacio firme en el concierto de las naciones libres, porque Arango, Boyd, Mendoza, Porras, tuvieron esperanza de que prevalecieran “las energías suficientes para labrarnos por medio del trabajo un porvenir venturoso, sin azares ni peligros”.
La celebración de otro aniversario de las acciones soberanas del tres de noviembre de 1903 debe inducirnos a meditar sobre lo que ayer aconteció y lo que hemos logrado realizar después, teniendo en desventaja los elementos materiales que se creía debía formar parte del caudal de una nación moderna. Vencer los desafíos ha representado un esfuerzo todavía inconcluso. Todavía tenemos mucho por aprender, en la experiencia cotidiana de vivir dentro de reglas de tolerancia y respeto mutuos.