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La sociedad del harakiri

Por: Redacción 31/07/2015

Un país que se autodescalifica así mismo. En eso hemos convertido a mi país y a su gente. Todos nos autodescalificamos en medio de un terrible oleaje de indisposiciones, malquerencias, odios, rencillas, caracteres pendencieros, chismes, bochinches, ataques a la integridad moral, a la dignidad de los demás, habladurías, comentarios de ataques subjetivos y personales a la contextura moral de las personas, incursiones en la vida privada de los demás, tirando la piedra de modo antojadizo y hasta caprichoso; petardos de que nadie sirve y que todo está podrido, que ya no hay nada por hacer y que lo que ha sido hecho ya colmó la copa, en fin. Son situaciones deplorables, insisto: nos autodescalificamos de modo constante y hasta permanente.

Todo esto ha llevado a la patria hacia una penosa situación en la que el panorama para describirla conduce a un paisaje muy oscuro: "El que quiera conocer a Panamá que venga porque se acaba", parafraseando a Rufino Cuervo.

Esta famosa frase, pronunciada en siglo XIX, descriptiva del caótico estado en que se encontraba el Istmo después de la Guerra de los Mil Días, librada entre liberales y conservadores en toda la Gran Colombia, recogía en sí misma también la decadencia política y social merced a la gran desidia que tenían los gobernantes colombianos con todos los pueblos del Atlántico colombiano, incluyendo al Istmo de Panamá.

Hoy día, además de la desidia política, se suma un factor degenerativo de nuestra población que pareciera haberse dejado guiar por la indiferencia, los errores de sí misma -un electorado errante y mediocre sin capacidad de deliberar y objetivar el poder del voto- y victimizada por una clase política que no supera el populismo y las consignas propias de contiendas electorales en las que el punto de partida y de llegada es "ganar o ganar".

Por ello, para entender el fenómeno de la política criolla hay que pasar revista a dos autores: los partidos políticos y un electorado. Los partidos políticos que solo salen a la palestra, con bombos y platillos, cuando advierten que se aproximan las campañas electorales para definir el cambio de las autoridades -cada cinco años- y un electorado que ve el escenario electoral como un espacio -sobre todo a las mayorías marginadas del país- para hacerse de algún tipo de beneficio individual o comunitario-, como quien dice "hay que aprovechar la oportunidad". Solo así y tan solamente así podemos comprender nuestro acontecer nacional.

Por otra parte, los jerarcas o líderes de los colectivos formalmente constituidos, llámense partidos políticos, se hacen de un libreto de esperanzas, de sueños, de ideales, románticos, sentimentales, con el cual, al parecer, logran convencer al pueblo y hacerse del poder político, enquistarse en el poder.

Y por ello, el país entero queda atado a un constante -ir y venir-, atrapado en las redes de estos partidos con el terrible costo de que todo queda en promesas incumplidas y cuando no a medio cumplimiento.

Cuando alguien duerme y queremos despertarlo, o lo llamamos dulcemente o, simple y sencillamente, le damos una fuerte sacudida, con el consiguiente costo de un despertar traumático y asustadizo de quien duerme. Panamá necesita, obviamente, ser sacudida: o lo hacemos por voluntad propia, no dormir más o, alguien o algo, nos tendrá que sacudir para despertar de un letargo social y político que nos está afectando a todos y llevando a la autodestrucción moral, social y cultural, por decir lo poco.

Hago primera parada, obligada, en el sistema de la educación. Nadie presta ni atención ni importancia a la educación nacional. Nadie parece interesarse. Ya dije, en alguna ocasión, citando a Raymond Mizrachi, que debería ser tema de una agenda de urgencia o emergencia nacional e inyectar a la educación nacional una fuerte dosis, una arremetida sólida, de valores, principios espirituales, morales, éticos y que nuestros niños y niñas, nuestros jóvenes, en las aulas, públicas y privadas, empiecen a hacer lectura de cosas buenas.

Que los celulares sean prohibidos en las escuelas, que los muchachos entren a sus planteles sin ellos; que los maestros y profesores enseñen lo que deban enseñar para fortalecer el espíritu y la inteligencia de nuestros niños y muchachos; que sean ejemplos, paradigmas de profesionalismo y de nobleza. Al final de cuentas, las escuelas son auténticas fábricas de personas, que se presume, deben ser pensantes y no robotizadas.

Nos estamos descalificando todos, entre todos. Nadie sirve, en nadie se cree, todos decepcionan. Este es un discurso altamente pernicioso, dañino, tóxico. Ya sea en todas partes, en todas las circunstancias de espacio y de tiempo en la que nos toca vivir, se percibe una ola de desaliento y de desánimo que al parecer se está apoderando de los ciudadanos, y corremos el gran riesgo de que, en breve, ya aquí no haya nadie en quien se pueda creer. Terrible panorama este. Lo penoso: que ya no haya nadie para protestar.

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Viernes 31 de julio de 2026

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