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La sociedad, el Estado y la educación

Por: Redacción 04/05/2015

En su sentido más amplio y menos controvertido, la educación puede definirse como la asimilación de la cultura de cualquier sociedad y su transmisión de una generación a otra. El término “cultura” se emplea aquí en su acepción antropológica, como denotando un complejo de instituciones, herramientas, técnicas, tradiciones y valores. En este sentido, es claro que ninguna sociedad puede perpetuarse sin educación. En todas las sociedades, ya sea que el hecho se deplore o se apruebe, la educación que prevalece sirve a un propósito social.

El que las actividades educativas dentro de una sociedad reflejen de diversas maneras el carácter y los ideales dominantes de la misma, ha sido reconocido por pensadores (grandes y pequeños), desde los días de Platón y Aristóteles hasta el presente. Aristóteles, como Platón, hace depender al buen Estado de la buena educación. Napoleón, pese a su desprecio por las ideologías, convino con ellos en reconocer el lugar de la educación en el orden social. “De todas las cuestiones políticas, esa (la de la educación) es tal vez el arte más importante. No puede haber un Estado político firmemente establecido si no hay un cuerpo docente con principios claramente establecidos”.

El portavoz teórico del fascismo italiano, Giovanni Gentile, expresó la misma idea en sombrío lenguaje neohegeliano: “La conciencia activa y dinámica del Estado es un sistema de pensamiento, de ideas, de intereses que hay que satisfacer y de moralidad que hay que realizar. De aquí que el Estado sea, como todo ser, un maestro; mantiene y mejora escuelas para fomentar esa moralidad. En la escuela, el Estado llega a la conciencia de su verdadero ser”.

Lenín, fundador del Estado Soviético Ruso, declaró con su brutal franqueza y característico laconismo: “Cuando más culto era el estado burgués, más sutilmente mentía al declarar que la escuela podía mantenerse por encima de la política y servir a la sociedad en su conjunto. La realidad de los hechos es que la escuela fue convertida en nada menos que un instrumento del régimen de clases de la burguesía. Su propósito era proveer a los capitalistas de lacayos obedientes y de inteligentes trabajadores… Públicamente declaramos que la escuela divorciada de la vida y la política es una mentira y una hipocresía”.

AUNQUE ES VERDAD QUE LA EDUCACIÓN SIEMPRE SIRVE A LA SOCIEDAD DE ALGUNA MANERA, NO ES VERDAD QUE EN TODAS PARTES LA SIRVA DE LA MISMA MANERA. ... LA FORMA EN QUE LA EDUCACIÓN SIRVE A LA SOCIEDAD EN UNA DEMOCRACIA POLÍTICA, ES DIFERENTE DE AQUELLA EN QUE LA SIRVE CUANDO LA DEMOCRACIA POLÍTICA HA MUERTO O NO HA NACIDO TODAVÍA.

Sobre el papel de la educación en los Estados Unidos de América, cabe preguntarse: ¿Qué funciones han desempeñado en realidad las escuelas en la democracia estadounidense? ¿Es verdad que en la democracia política estadounidense las escuelas han desempeñado precisamente los mismos papeles sociales que en la Italia fascista o en la Rusia bolchevique?

Cuando observamos de cerca todos los casos que nos citan, encontramos que aunque es verdad que la educación siempre sirve a la sociedad de alguna manera, no es verdad que en todas partes la sirva de la misma manera. Más concretamente, la forma en que la educación sirve a la sociedad en una democracia política, es diferente de aquella en que la sirve cuando la democracia política ha muerto o no ha nacido todavía.

Pero, hasta en una sociedad no democrática políticamente, la educación puede realizar y ha realizado cosas importantes. Ha apuntalado un orden social próximo a derrumbarse. Ha ejercido en las costumbres una poderosa influencia, que va desde las ideas hasta los gustos gastronómicos. Ha contribuido a veces a la creación de grandes obras artísticas y científicas. Pero hay una cosa que la educación nunca ha hecho ni puede hacer en una sociedad no democrática. No puede influir en la forma de la política o en la orientación del cambio social, porque el control de los servicios educativos es un monopolio de la minoría políticamente dominante y usualmente emana de una sola agencia central.

Que el Estado no tenga el monopolio de la educación es un principio que ningún gobierno totalitario puede aceptar. Sin embargo, en una sociedad políticamente democrática, la educación puede influir mucho más en la política social, para bien o para mal, que en las sociedades no democráticas. Cuanto más grande sea esa influencia, depende o es función de determinadas situaciones históricas y de la inteligencia y valor de los educadores.

 

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