La teatralización de la democracia

Por: Redacción 06/08/2017

Al vincular su suerte a la democracia liberal, Panamá como república y sociedad solo puede conseguir su progreso y salvación a través de este tipo de régimen, con sus ventajas y desventajas. Pero el carácter pesimista de esta proposición estriba en que la democracia, en nuestro caso, aparece sojuzgada por una serie de circunstancias de las que el panameño común ni siquiera se intenta liberar. El demagogo se alimenta de esta contingencia para utilizar pasiones y sentimientos bajos como el miedo, la envidia o el odio, pretendiendo guiar al pueblo con sus mentiras, adulación y promesas desmedidas.

Nos enfrentamos así a la ilusión y desilusión de la democracia, espada de dos filos, que los ciudadanos ven con esperanza y desesperanza, como una proyección más de lo difícil que resulta ser la existencia humana. Esa dualidad, en su justa combinación, nos da la seducción de esta sana y útil noción, donde supuestamente el pueblo es soberano, como bien entienden esos delincuentes políticos. Por eso, para no ser fatal, el concepto requiere una consistencia universal como su principal propósito moral, en el sentido que nadie puede gobernar o legislar sin la aprobación o control de la mayoría.

Pero si los ciudadanos, guiados por esos demagogos, soberanamente limitan sus libertades individuales o colectivas, ¿deja por eso de ser el país una democracia liberal?

Aquí resulta interesante la analogía entre teatro y actores y las relaciones políticas y de poder en una democracia liberal, semejanza que a primera vista parece impensable por tratarse de dos cosas completamente diferentes.

Si desenmascaramos a cualquier político, vemos un simple actor, contador de historias prefabricadas, desarrolladas estrictamente para el consumo popular, narraciones que son la quintaesencia del mundo político actual. No hablo de ideologías ni programas de gobierno partidistas que antes representaban una estructura de acceso al poder, sino a la narrativa popular del demagogo, que hechiza y distrae por ser un discurso lleno de vaguedades, un producto vendible, quien vende mejor gana.

Los tradicionales espacios políticos – foros de debates, instituciones públicas, sedes de gobierno, etc., - ahora también se consiguen de forma virtual por internet, Twitter, "hashtag" y demás redes sociales, que se han convertido en un teatro multitudinario para la actuación de estos actores políticos.

Así todo pende del hilo de la tensión narrativa, el teatro con su función reguladora proporciona las nuevas reglas en esta obra democrática, que le da al político su dimensión de actor.

Donald Trump es su ejemplo más patente, pero Panamá está repleto de estos políticos mercantiles que trabajan sobre la eterna promesa ("el pueblo primero"; "el pueblo al poder"; "ahora le toca al pueblo"; etc.,) que repiten hasta el cansancio.

La adicción a esta teatralización de la democracia por parte de los ciudadanos hace de los políticos objetos de compraventa, sujetos al libre mercado, durante las campañas electorales, muy opuesto a la reflexión ideológica, tanto más luego de ellas.

Esto niega los fundamentos mismos de la ciudadanía y de un Estado democrático.

Ciudadano

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Miércoles 15 de julio de 2026