La Universidad de Panamá y los desafíos del siglo XXI
No existe duda alguna que la Universidad de Panamá ha desempeñado desde su fundación, el 7 de octubre de 1935, un papel decisivo y trascendental en el desarrollo de Panamá como país y como nación. Tanto en las luchas sociales como reivindicativas, tanto en la defensa de la soberanía e independencia nacionales; así como en su desarrollo económico, político, cultural y científico, nuestro país ha tenido en la Universidad de Panamá, un participante protagónico y fundamental.
Cuando van a transcurrir tres cuartos de siglo de existencia de la Universidad de Panamá, es evidente que ella ha sufrido como el resto de las instituciones públicas y la sociedad misma, cambios y transformaciones importantes. Pero este devenir ineluctable al que están atados todos los procesos naturales y universales, no puede ser nunca un argumento ni una excusa para que nuestra universidad, ni por asomo, examine renunciar a su carácter popular, público e inclusivo, que ha sido en esencia, su verdadera razón de existir.
No importa cuán novedosas o atractivas resultan las nuevas tendencias y modelos educativos, que al amparo de una acentuada y creciente elitizacion de la educación superior, recorren casi todo el planeta. Tampoco resulta muy prudente identificarnos con aquella fraseología educativa “aséptica” muy en boga, que convierte a los estudiantes en clientes, a la educación en mera mercancía y a las universidades en empresas comerciales. Ya que en el fondo lo que hay aquí es un falso dilema entre rezago y progreso, orientado a resolverse a favor de los estrechos conceptos de rentabilidad, ganancias y disminución de costos.
Naturalmente que ello no impide ni excluye que la Universidad de Panamá identifique plenamente los desafíos que este siglo le ha impuesto a la educación superior pública y actúe en consecuencia. Pero cualquier cambio o transformación debe partir de la premisa de conservar la centralidad de su misión e identidad: la educación de los sectores más humildes y discriminados.
Con este postulado esencial e irrenunciable como norte, la Casa de Méndez Pereira podrá, con un éxito seguro, encarar todos los desafíos que el nuevo siglo le ha impuesto: el mejoramiento continuo de la calidad de la educación superior, el fomento de la equidad y el acceso, la creciente privatización y mercantilización de la educación panameña, la formación integral y humanística del estudiante, la reducción de los fondos estatales y el encuentro de fuentes alternas, la pertinencia social y universitaria y los procesos de certificación y acreditación universitarias.
Al final lo que debe perdurar es la universidad que siga construyendo espacios para levantar las grandes utopías, para perfeccionar la República que nos ha sido legada, para impulsar un proyecto de nación que supere las desigualdades sociales, la marginación y la pobreza.
