La vida sin agua
En otras palabras, los seres humanos vivimos y morimos por el agua. Ahora bien, cuando hace falta el agua, todo se convierte en caos y sufren todos los ciudadanos sin importar las clases sociales.
El tema parece repetitivo y en ocasiones es una especie de déjà vu que lo puede dejar sediento.
Las crisis que vive Panamá por la falta de agua potable ha pasado de ser un problema temporal a un asunto de Estado con repercusiones sanitarias.
Las personas pueden vivir sin lujos y comodidades, pero jamás sin agua potable. La vida cambia porque se trastoca la rutina del hogar y se paraliza la economía.
El sector empresarial reconoce que literalmente se frena la actividad económica.
Las empresas que construyen el metro y el Proyecto de Saneamiento de la Bahía, sin considerar otros contratistas, pueden poner en peligro la salud de la población si no hacen algo para evitar más daños sobre el sistema de distribución de agua.
En el Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (IDAAN) argumentan que estas empresas cuentan con los planos de la red de distribución. Sin embargo, los “accidentes” siguen ocurriendo. Algo que no se puede tolerar.
Los más perjudicados son los consumidores, porque no tienen más opciones que esperar.
La realidad no se puede ocultar. El IDAAN tiene que ajustarse los pantalones.
Debe reconocer que tiene serias limitaciones financieras y que carece de personal capacitado (no hay ni plomeros para cubrir las plazas).
Panamá no se puede dar el lujo de quedarse sin agua potable y pueden estar seguros de que para la población las disculpas no son suficientes.
Un historia irónica en un país rico en agua.
