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La Vita è Bella: escape o engaño del panameño

Por: Redacción 22/12/2015

Este escrito lleva como parte de su título La Vita è Bella para hacer referencia a aquella película del año 1997 en la que un bienintencionado padre que, para evitar que su inocente hijo fuera marcado por los horrores de la Segunda Guerra Mundial, se sacrificó y le hizo ver que todo lo que estaba sucediendo no era más que un juego. Esta admirable actitud de padre protector es la que muchas veces adoptamos para con nosotros mismos, a fin de eludir la realidad cuando esta nos incomoda. Reímos por no llorar como una forma de palear con las calamidades de la cotidianidad. Sin embargo, ¿con qué frecuencia nos preguntamos si esta es una actitud responsable y cuáles son las consecuencias de la misma?

Muchos dicen que la felicidad está en la despreocupación e incluso en la ignorancia. En cierta medida, esta forma de ver la vida encierra un cierto grado de sabiduría que bien podría ahorrarnos mucho estrés y sus indeseables derivaciones, tales como la hipertensión, ataques cardiacos, derrames cerebrales, etc. Pero ¿qué pasa cuando este analgésico o alucinógeno social cuyo principal agente activo suele ser la indiferencia se convierte en una adicción?

La resignación y peor aún el leseferismo jamás han conducido a la solución de ningún problema; todo lo que provocan es una falsa sensación de bienestar infundada por la acomodación a las circunstancias. En otras palabras, el vivir bajo condiciones lamentables se convierte en el paradigma existencial de tantos al punto que ni siquiera la ínfima minoría consciente, se molesta en preguntarse si podría ser diferente. Total, ¿para qué? No es de sorprender que en lo que a índices de felicidad respecta, Dinamarca apenas supere a países como el nuestro. Los móviles de esta "felicidad", no obstante, son divergentes. Los daneses lo tienen todo; nosotros no nos tomamos la molestia de aspirar a nada mejor. Si apelamos al desarrollo humano como criterio determinante de la felicidad de un pueblo, podemos percatarnos que es un concepto extraño para nuestra gente. Sus razones para ser felices son otras. La primera y quizás la más generalizada es la comparación con aquellos en peores condiciones que nosotros. Otros, imbuidos de un nacionalismo mal entendido, optan por construir una realidad paralela y fantasiosa a fin de escapar de la objetividad de los hechos.

No creo que el hecho de que el 10% de nuestra población aglutine el 65% de los recursos y que el 65% sea pobre en relación al PIB del país sea algo de lo cual enorgullecerse. Traducido en palabras de Melquiades Villarreal, quiere decir que en Panamá, muchos mueren de hambre, mientras que unos cuantos mueren de indigestión.

Erróneamente exaltamos la seguridad de Panamá por ser el país con mayor presencia policiaca según el número de habitantes en América Latina; sin embargo, nuestros índices de homicidios intencionales de los últimos años casi igualan a los de México, país que frecuentemente utilizamos como referencia para hablar de violencia. Hace apenas 4 años en Panamá se daban 20.3 homicidios por cada 100 mil habitantes, mientras que en México se daban 23. Esta diferencia de 2.3 sería significativa si se aplicase a países como Chile y Uruguay con 3.5 y 6, respectivamente, o a Canadá y Finlandia con apenas 2 cada uno. Nuestros números para aquel entonces duplicaban la media mundial, la cual es 10; hoy día la superan por 7. Leemos en los periódicos que Panamá es el tercer país más seguro, o mejor dicho menos inseguro de Centroamérica; sin embargo, no mencionan que esta es la región más violenta del mundo.

Lo peor es que la paranoia propiciada por la inseguridad se ha convertido en tema de tertulias y hasta define la "estética" de nuestras viviendas. No faltan quienes se la pasan hablando del tipo de verjas y alarmas que quieren para sus casas. Me pregunto si esta gente sabrá que en otras latitudes las ventanas de las viviendas no contemplan estos barrotes estilizados y que las alarmas son usadas en locales comerciales, instituciones financieras, mas no en residencias. Darle la espalda a la realidad no hace que esta cambie, ni mucho menos que desaparezca. Este síndrome de La Vita e Bella colectivo no afecta a todos de la misma forma. De hecho, hay quienes se benefician del mismo para procurarse una felicidad muy bien fundamentada.

La oligarquía criolla feudal ha sabido capitalizar esta idiosincrasia fantasiosa para manipular a las masas desposeídas, haciéndoles ver que su condición no amerita mejora alguna, y, por lo tanto, este terrorismo económico-social doméstico pasivo pasa desapercibido. Después de todo, una población "feliz" es conforme y no reclama. La oración de los alcohólicos anónimos reza: "Dame la valentía para cambiar las cosas que puedo cambiar, la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar y la sabiduría para conocer la diferencia". El problema es que, en nuestro caso, la sabiduría siempre se inclina a favor de la serenidad y no nos inmutamos por encarar ni mucho menos superar nuestras vicisitudes, incluso aquellas cuyas soluciones dependen de nuestra voluntad y compromiso. Los cambios positivos casi siempre son una respuesta a la incomodidad.

Coordinador del Centro Especializado en Lenguas Universidad Tecnológica de Panamá

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