Las apuestas al ‘oro verde’
La gasolina parece estabilizarse por las nubes. Mientras el precio del crudo amenaza con trepar hasta los 100 dólares el barril, Brasil y EE.UU. dominan el 70% de la producción mundial de etanol, que se reparten en partes casi iguales. El dilema: “Petróleo o biocombustibles”.
Existe una fuerte dualidad en el tema. Están los que abogan por los combustibles renovables, como los derivados de la soya, maíz, caña de azúcar o celulosa. Sus argumentos –que a la vez son promesa– suenan contundentes: menor emisión de dióxido de carbono y la consiguiente lucha contra el efecto invernadero, menos dependencia de la poderosa OPEP que produce casi el 40% de la oferta mundial y apoyo a la cada vez más vapuleada economía rural.
En la otra esquina del “ring” están las multinacionales, jeques petroleros y más de algún ‘monarca’ bolivariano que abogan por la –hasta ahora innegable– predominancia del crudo como principal fuente de energía en el mundo. Ya el expresidente de EE.UU., George W. Bush lo expuso –como para justificar aquella invasión a Irak–: “América es adicta al petróleo, el cual es a menudo importado desde partes inestables del orbe”.
Es aquí donde asoman los paradigmas, cuyo emblema de Al Gore (con su premio Nobel de la Paz 2007) retumba en el escenario global: energía eólica, hidráulica, solar, geotérmica, y los biocombustibles ya no son antojos de ambientalistas: ahí también hay negocio. Claro que la idea de convertir vegetales, que son en última instancia comida, en biocombustible genera asperezas, como ya alertó un informe de la ONU.
En este contexto, Panamá –igual que naciones centroamericanas y sudamericanas– posee tierras aptas para cultivar maíz y caña de azúcar, mientras China e India crecen y en el proceso demandan más alimentos. Por eso es que se están revalorando los terrenos agrícolas; las oportunidades asoman. Claro que aquí solo se siembran 27,000 hectáreas de caña, mientras que para producir etanol serían necesarias otras 15,000.
El nicho está.