Las elecciones de 2019
Vivimos un panorama convulsionado. Primero, Odebrecht, y ahora, sin que haya finalizado este revolcón, la Asamblea. Lo político y la democracia es lo que menos interesa a la población. Y quienes se interesan, muestran frustración. La corrupción y las auditorías siguen ocupando los titulares y el número de implicados crece. El final del túnel de este trágico episodio no se ve en el horizonte. Es un flagelo que apenas empieza, según algunos, y que se sigue esparciendo como aceite en agua con consecuencias dañinas para el ambiente político.
En medio de semejante incertidumbre, cada día que pasa se hace más cercana la coyuntura electoral. Hablamos, contando a partir de marzo, de veintidós meses. Aunque no estamos necesariamente a la vuelta de la esquina para esa competencia, lo cierto es que no son tantas las vueltas que hacen falta para estar al frente de ese momento tan importante para la administración del país.
En la Asamblea, a media marcha, se siguen discutiendo las reformas electorales para, según se supone, fortalecer la legislación de un proceso que, a decir del Tribunal Electoral, ha venido mejorando a través del tiempo. Este importante momento no ha generado tanta bulla, como ha debido ser, lo que no es ajeno al "contexto pesado y difícil" al que nos referimos aquí. El poco entusiasmo y la falta de las presiones que ayudan a modelar los resultados son la secuela de la calamidad que nos ha heredado la élite gobernante.
Así, no es de sorprenderse que, en razón de tal desbarajuste, no se expresen las motivaciones ni se asomen las cabezas de los interesados en abanderar las propuestas de los partidos políticos. Hay tan solo amagos aislados. Se dirá que es muy pronto, y que el entusiasmo es posterior a los mecanismos internos de cada colectivo. Esto es cierto, pero una certeza a medias. Porque aún así, sin embargo, la verdad es que el ambiente reinante no abre los espacios para que emerjan las aspiraciones que busquen generar aceptación popular, ni los partidos políticos parecieran entusiastas en acelerar los pasos.
Para el oficialista, aun de estar copando los medios para mercadear sus obras, podría resultarle contraproducente el promover un relevo en medio de tantas críticas respecto al actuar frente a la crisis. Para la oposición saliente, la del gobierno anterior, los procesos legales que afrontan figuras de la élite del colectivo y el distanciamiento de otros respecto a los escándalos limitan las condiciones favorables para el ejercicio de las posibles candidaturas. El PRD tampoco escapa del contexto. No solo por los efectos del tétrico panorama, sino también por la visión de la actual dirigencia, que busca establecer pautas que permitan superar las confrontaciones internas, muy presentes en los dos últimos periodos. Es una visión correcta, siempre que no se exceda en el tiempo e impida que, desde los precandidatos, se deje sentir, clara y sin cuestionamiento, la política opositora que representa el colectivo.
Como es evidente, los efectos nefastos que vienen de tanta podredumbre no solo han alcanzado las finanzas públicas. Este terremoto ha derrumbado la estatua de la serenidad, que en la vida política debe erguirse en el país para que el ejercicio de la actividad democrática marche sin los obstáculos y, así, dar paso a la construcción de la gobernabilidad y del manejo transparente de la cosa pública. Es lo que necesitamos en Panamá.
Docente universitario.