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Las encrucijadas del presidente


Lejos de las diatribas y de las infecundas disquisiciones que se están dando entre diversos sectores de la sociedad panameña e inserto en ellas el Gobierno Nacional –sobre todo su primera figura, el presidente de la República-, y, sin dejar por fuera el derecho de los partidos políticos de oposición y de todo particular en disentir de las políticas del Gobierno, creo, se hace imperativo que el estado de cosas actual sea enrumbado por derroteros de progreso y desarrollo social que permeen, de modo concreto, al pueblo panameño, esto es, a las grandes mayorías nacionales.

Los Gobiernos, lejos de tomarse en su aspecto positivo las críticas constructivas de los sectores de oposición y de los particulares que lideran la opinión pública, muy por el contrario, suelen despreciarlas y ser indiferentes a sus aportes por la construcción del diálogo y el debate social. En todo caso, estimo, deberían de estarles agradecidos en cuanto, en todo caso, procuran estos mejores condiciones de vida para los panameños y panameñas. Siempre hemos atacado el argumento ad hominem, es decir, aquel que plagado de subjetividad tiene como destinatarios a una persona o grupo de personas. Conlleva ínsita y a veces hasta de modo muy claro, el ataque a la persona.

Esto no puede seguir así. A diario, en los medios, vemos el ataque a la persona, a su intersubjetividad. Se despotrican honras, decoros personales, estimas y dignidades sin importar el daño, su clase ni su quantum. Estiércol y cuanta basura se lanza o tira sobre las honras de las personas; se destruye el patrimonio más importante que tenemos los seres humanos, es decir, la propia honra y dignidad. Ay de aquél hombre que no entiende que su riqueza debe reposar en el sagrado recinto de la dignidad. Dignidad que no se debe vender ni se compra. El presidente de la República, por otra parte, no puede, de ninguna manera, descender a “dimes y diretes” con quienes, de uno u otro modo, inspirados en la verticalidad que debe connotar a las instituciones del Estado y de las cosas propias del arte de gobernar, en un momento dado, lanzamos o proferimos una crítica sana, bien intencionada y con propósitos nobles de adecentamiento de la cosa pública.

Pero, del mismo modo, no puede ser cierto que el presidente de la República, el presidente de todos los panameños, pierda de vista el norte de la sagrada misión que le encomendó el pueblo panameño en las pasadas elecciones y en las que resultó electo con un altísimo índice de electores que, simple y crédulamente, dieron cabida a las promesas de campaña y a lo que se suponía “sería un nuevo estilo de gobernar para el país”.

Abogado.