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Las heridas siguen abiertas y el temor está latente...


Dos toques en la ventana de mi auto, llamaron mi atención, era un agente de la Policía Nacional, que me pedía mi identificación.

Me sorprendió, pero la suministre. Verificó mis datos, mientras los linces rodeaban el carro. Después de haberme verificado, le pregunté: “sucede algo señor agente”, su respuesta fue es que lleva varios minutos estacionada frente a este local comercial y los paisanitos llamaron para advertir su presencia. Mi respuesta fue: “Me estacione aquí, porque estoy esperado a un familiar”.

Amablemente, el oficial me pidió que por favor me retirara, así que no me quedó otra que mover mi carro hacia otro lugar para continuar la espera.

No puedo decir que no me molestó e incomodó la situación, pero me puse en el lugar de estos comerciantes, pues hace más de seis meses, cinco jóvenes miembros de la comunidad chino-panameña de La Chorrera, sufrieron secuestros y atroces asesinatos, perpetrados por un grupo delictivo, liderado por dos dominicanos.

Hice una retrospectiva, y caí en cuenta de que pareciera que estas muertes se convirtieron en un simple número estadístico de los homicidios que se registraron durante el 2011, en Panamá.

Pero, detrás de estos crudos hechos o simples cifras, quedó inadvertido el ser humano, el drama social de niños que ahora crecerán sin un padre, padres que perdieron de la manera más cruel y repentina a sus hijos y amigos que todavía se preguntan, ¿por qué sucedió?

A pesar que las autoridades investigan el hecho y hay siete personas detenidas, los familiares de estas víctimas exigen justicia, exigen saber la verdad y que los responsables paguen por sus hechos.

¿Por qué no se ha esclarecido la supuesta implicación de policías? Es la interrogante que muchas personas se hacen y aún más las familias de las víctimas. Son preguntas que necesitan una obligatoria respuesta.