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Las horas anónimas


Hace muchos años (cuando era universitario), un gran periodista de ese tiempo se extrañaba de que una empleada del correo no supiera quién era él.
Pero cómo es posible, se lamentaba, de que esa joven no hubiera ni oído mencionar el nombre de un periodista que escribe todos los días, que ha sido ministro de Estado, diputado y embajador de nuestro país. La joven le dijo al periodista famoso que ella era universitaria, pero insistía en que nunca lo había leído ni oído mencionar siquiera…

Con los años, me he encontrado con muchos casos similares. Y tengo una explicación. Esta es: Cada ser humano vive su mundo personal, separado del resto de los otros. Algunos escritores (periodistas, ensayistas o poetas) que publican sus cosas, se imaginan que todo el mundo lee lo que escriben. Y resulta, que un porcentaje pequeñísimo de nuestra población es la que lee los periódicos; y aun ese pequeñísimo porcentaje, tiene sus temas y autores preferidos. Por eso, apartándonos de esos amables conocidos o desconocidos que nos leen, por los demás somos completamente ignorados, indiferentes, simplemente sin existencia…

Tal vez muchos de ustedes se asombrarían de que un buen número de panameños no sepa quién es el Presidente de la República ni sus ministros, y mucho menos, los magistrados de la Corte Suprema, ni los escritores y artistas más distinguidos del país. Creo que fue Sartre quien afirmó que cada ser humano es una isla con respecto a los otros seres humanos.

Pero les cuento lo que me pasó hace unas semanas en Buenos Aires. Un día, que mis hijas se habían ido a sus trabajos (una es abogada y la otra psicóloga). Yo estaba solo en la casa de una de ellas; y se me ocurrió tomar un tren que me llevaría a Retiro (terminal de los ferrocarriles Mitre y Belgrano). Y allí en Retiro me dio por ver libros en las librerías, entrar en los almacenes, preguntar por los precios de los artículos, etc. Y andaba tranquilo, viendo como todos los demás caminaban, casi corrían por todas partes. Miles de personas que pasaban, y yo no conocía a ninguna, ni ninguna me conocía a mí. Horas después entré en el restaurante de Retiro. Y frente a un ventanal veía cómo se desenvolvía la vida agitada y nerviosa de aquella multitud frente a mí. Yo almorcé a mi gusto, un buen “bife”, ensaladas frescas, una copa de vino, y un delicioso postre. Así pasé buenas horas en el terminal de Retiro, sin que a nadie le importara nada por la existencia de ese desconocido a quien, casi con seguridad ni vieron siquiera. Y les confieso, que me sentí muy bien en esas horas que pasé allí.

Periodista