default

Las ideas falsarias en la política

Por: Redacción 30/05/2014

Reproduzco, con algunas variantes, lo que escribí hace muchos años ya. En un momento dado escribí un artículo que intitulé “Las Falacias del Discurso Político”, y señalaba, harán más de diez años que: Gran parte del discurso político ante el pueblo panameño se presenta o gesticula como un discurso de palabrerías por parte de quienes no logran interpretar los reales problemas de nuestra gente y del Estado. Lo peor de las argumentaciones que presentan quienes tratan, a toda costa y con gran esfuerzo, de justificar el statu quo, consiste en que insertan el presunto análisis dentro de una aparente lógica que gana para sí a muchos ingenuos o incautos que creen o consideran que los gesticuladores de ese discurso tienen algo de razón y, consiguientemente, se dejan convencer de modo fácil. Lo que no saben o ignoran esos adeptos, los partidarios del falaz y superficial discurso, es que detrás de toda esa parafernalia o madeja de palabras se esconde un mundo de mentiras y de expresiones muy bien acomodadas con las que se pretende elaborar defensas a los operadores del poder político”. Lo que escribí, en ese entonces, sigue teniendo plena vigencia, nada ha cambiado.

Como se sugiere en el gatopardismo: “Que viva el cambio, que vengan nuevos cambios para que todo siga igual”. ¿Qué podemos esperar, o a qué debemos esperanzarnos? Del mismo modo he señalado lo siguiente: “Es así como, frecuentemente, vemos, oímos y leemos a ciertos “analistas” de la cosa política panameña y que con gran denuedo conjeturan tesis o teorías totalmente descabelladas, pero que a nadie engañan con todo ese malabarismo de política barata o de a centavos”.

El gatopardismo sigue vigente, rampante, viviente. Hoy más que nunca. Los discursos siguen siendo agoreros, cubiertos de una manta de optimismo y de bondad, encierran ideas mefistofélicas, perversas, todos quieren hacerse del poder, de las mieses del poder. Ojalá que todo cambie, para que nada siga igual. Tras la necedad de pobres defensas, observamos a diario que estos discursos son objeto de la más virulenta mofa y sarcasmo por parte de la comunidad que es la que padece el hambre y las penurias propias de la miseria.

Mis palabras en el pasado siguen vivas y por ello sigo pensando que se esgrime, últimamente, que el Estado no puede resolverlo todo y que se requiere cierta participación ciudadana que impulse la iniciativa propia. Sin embargo, lo que no se dice es que el Estado en nada contribuye a que esa iniciativa surja y prospere. Se hace imperioso que sean adoptadas políticas, en los distintos ámbitos, bien precisas y definidas, que permitan al Estado y al pueblo panameño enrumbarse por mejores derroteros.

HAY QUE SUPERAR EL DISCURSO SUPERFICIAL POR UNO QUE DÉ CUENTA DE VERDADERA TRANSPARENCIA Y SINCERIDAD, QUE CONTENGA PALABRAS PLETÓRICAS DE VIVENCIAS PERSONALES FRENTE A LOS PROBLEMAS DE NUESTRAS GENTES...

Es así como el pueblo panameño censura, de los operadores del discurso, la hipocresía expresa y nada difícil de advertir por parte de quienes dicen ser solidarios con las necesidades del pueblo panameño, pero amasan fortunas y llenan sus arcas de riquezas, en no pocos casos mal adquiridas y logradas con la ley del menor esfuerzo, menos del producto del trabajo honesto y esmerado.

Esos operadores del discurso son incapaces, tan siquiera, de dar una limosna al menesteroso que con ojos de angustia y de necesidad se las demanda.

Sin embargo, insistimos, estos defensores del sistema –que aparecen defendiendo todo en todos los gobiernos y siempre quedan encaramados- se caracterizan por un especial síndrome de mimetismo político que se adapta a todas las situaciones, y así escuchamos de ellos que todos han sabido lo que es la pobreza, de los enormes esfuerzos que hicieron para “ser alguien en la vida”, que son transparentes y honestos, que nadie los puede acusar de nada, que son defensores de la moral y de las buenas costumbres, etcétera y más etcétera.

No obstante, las acciones de muchos de ellos hablan lo contrario y es así como devienen en falaces e hipócritas. Estos son los que suenan címbalos y trompetas cuando hacen una “buena obra”, y a través de una publicidad pagada desnudan ante la faz de la sociedad las necesidades de nuestras gentes.

De ello, sin lugar a dudas, tendrán que dar cuentas al Creador, ya que parece que no hay poder ni juez en la Tierra ante el cual rindan cuentas por los delitos que cometen y que quedan impunes.

Res non verba –hechos no palabras– decían los romanos, y lo mismo debemos exigir de los interlocutores del discurso político, que además de deficiente en contenido y esencia, peca de ser falsario, en el sentido popperiano.

Los llamados dirigentes o líderes políticos, sobre todo, deben convencerse de que hay que superar el discurso superficial por uno que dé cuenta de verdadera transparencia y sinceridad, que contenga palabras pletóricas de vivencias personales frente a los problemas de nuestras gentes y, de modo fundamental, que estén impregnadas de auténtico calor humano conforme lo enseña Cristo: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Edición Impresa

Viernes 7 de agosto de 2026