Las personas no son prescindibles
Durante la revolución bolchevique muchos se preguntaban “¿Cuándo amanecerá, Tovaricht?”; pero no resplandeció la Aurora, con la luz de la verdad, de la libertad y de la justicia porque utilizaron a las personas como individuos, como instrumentos para alcanzar un fin utópico.
La Utopía sirve para ponernos en camino y mantenernos en la búsqueda, ya que la Verdad no la tiene nadie sino que es aquello que todos buscamos. Cuando la locura del totalitarismo soviético sepultó los anhelos de humanidad y de justicia, cegó a sus líderes con la locura del poder.
El vacío que se produjo no fue llenado con alternativas solidarias, endógenas, sostenibles, equilibradas y de valor universal.No. Fueron invadidas por el rencor, la venganza, la codicia de los mercaderes occidentales y la descalificación para sustituir unos ídolos por otros encarnados en los fascismos y en las dictaduras militares. Como en las luchas entre elefantes en las que quien padece es la hierba, así padecieron las personas, el pueblo en cuyo nombre se tritura y se destroza.
Al totalitarismo soviético, que ahogó sueños de libertad y de justicia para los oprimidos, le reemplazó el materialismo del capitalismo salvaje, inhumano y despótico.
Esta es la tragedia: los seres humanos no han sido respetados como sujetos responsables sino como objetos productores y consumidores, que “no saben lo que les conviene” y cuyo destino es obedecer para seguir dando vueltas a la rueda del molino.
Pero esas gentes se alzan porque tienen hambre, porque ven morir a sus hijos, padecer a sus mayores, contaminarse sus ríos y agrietarse sus secas tierras; porque se ven empujados de un lado para otro de acuerdo con los intereses de los poderosos.
Es el drama de los pobres de la tierra, de los desposeídos, de “los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada, los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida; que no son, aunque sean; que no hacen arte, sino artesanía; los nadies que cuestan menos que la bala que los mata” , en palabras de Galeano.
Esos millones de seres humanos que forman la mayor arma de destrucción masiva: la explosión demográfica, no sólo vagan por los caminos o están sentados en las aldeas de África, de América y de Asia sino en nuestras mismas grandes ciudades de la sociedad opulenta y despilfarradora. Qué hacer ante la presencia de millones de personas, con su energía sin emplear.
Con el potencial que llevan dentro y que nadie parece necesitar. Son los que los desalmados traficantes de uno y otro lado consideran “prescindibles”. ¡Pero ahora vivimos en plena revolución de las comunicaciones!
Tan importante como la agrícola o la industrial pero que corre el mismo peligro: prescindir de las personas más que como objetos de trabajo o de consumo.
Lo que ellos denominan en su mortífero argot “cantidades despreciables”, porque ni producen ni acrecientan sensiblemente el consumo, es decir, no producen beneficios.
Hoy, no sólo podemos sino que tenemos que alzarnos en rebelión por todos los medios a nuestro alcance pues, utilizando la filosofía que ha animado a todos los déspotas absolutistas, y estos lo son, pues la fuerza es justa, cuando es necesaria.
¿No está plenamente admitido en Derecho que es lícito resistir ante el tirano? Pues hoy, el Derecho de resistencia se convierte en Deber de Resistencia cuando padecen los más débiles. Gracias a la globalización y a los medios que nos acercan y nos hacen sentirnos vecinos responsables y solidarios unos de otros.
Hoy, la humanidad está en peligro porque padecen millones de seres humanos, y de animales, y de plantas y de ríos y de mares y de cielos y de la misma atmósfera que como pleroma envuelve la vida.
Porque lo sabemos, nunca podremos alegar que no iba con nosotros. Con palabras de Garcilaso “el caballero que muere en la batalla ya iba herido antes de librarla”. ccs@solidarios.org.es
Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) Director del CCS.