Las plagas de la humanidad
El ser humano gasta cientos de miles de millones para combatir las mal llamadas plagas de insectos, roedores y otras infestaciones que comparten con nosotros el mundo moderno, y se adecúan especialmente a las estructuras y edificaciones en las que vivimos y trabajamos o a los cultivos principales que nos sirven de sustento. Pero lo cierto es que esas plagas tienen una clara función natural, que choca de manera constante con las mejoras artificiales y las actividades del hombre. Degradan, corroen, digieren, con la intención de renovar, renacer, y abonar. Hay otras plagas, sin embargo, creadas por el propio ser humano. Plagas que son hermanas desafortunadas del progreso y de la vida moderna; que no tienen una función natural y que artificiosamente va generando el hombre en su propia vida cotidiana. El mal que en sí mismo se acumula, las preocupaciones que aceleran su encuentro con la gran verdad, el comején acumulado de sus malos sentimientos, del odio mismo y de la falta de tolerancia, que corroe la entraña de su corazón, llevándolo hacia una vejez triste, sola e infructuosa.
Esas plagas se tienden a pasar por alto, cuando son la causa principal de los problemas de la humanidad. En nuestro país se viven hoy en día claros ejemplos de esas plagas; del odio y de la falta de solidaridad; del desapego social hacia necesidades colectivas. Ya no es el individuo, sino la sociedad misma, la que impulsa a algunos a contemplar por medio de sus celulares–y hasta grabar a veces- la desgracia ajena, sin inmutarse en ayudar; a contemplar en pleno día la comisión de un robo con afectación de otros, sin inmutarse en ayudar, porque lo propio queda a salvo, en apariencia.
Algunos fomentan a propósito la desatención de ese mal colectivo que hoy en día nos aqueja; incluso parecen avivar el fuego de discordia entre los miembros de la sociedad, fragmentándonos, aislándonos en grupos muy dispersos que no encuentran un punto de unidad. Cómo podemos atender estas infestaciones, que se gestan en la misma cuna de la formación social del individuo. Se celebran los bochinches y se condenan las verdades. Se desatiende la virtud y se enaltece el vicio. Se encumbra la vulgaridad y se sepulta la cultura.
Si todo debe ser así, y en un claro gesto de contrabalanza colectiva, se quiere ese país y no una patria, entonces cesemos de una vez por todas la inconformidad y las voces que llaman a la reflexión. Olvidemos un sueño de país en el que la educación de todo ciudadano es prioritaria; la seguridad un hecho y no una aspiración remota; la salud un goce colectivo y no una enfermedad latente; el trabajo un derecho y no una solicitud desatendida. Olvidémonos de ese país con bienestares colectivos, con higiene y con cultura. Sigamos el camino del odio y la venganza, que muchos ahora nos enseñan, y busquemos acabar, en vez de construir; cosechar lo ajeno, sin sembrar lo propio. Pero, para ser sincero, no creo yo que sea esa aspiración la colectiva. Vemos hoy menores que hacen un esfuerzo enorme por buscar educación, que usan las piraguas para llegar a las escuelas muy distantes, o caminan horas por los caminos más tortuosos para nutrirse de conocimiento. Hay docentes que, por vocación, se adentran hacia las entrañas mismas de nuestro país para enseñar; personal de salud que con muy pocos insumos se embarca en la tarea enorme de prestar salud desatendida. Y madres hay también que, despojándose a sí mismas de toda ansia personal, se vuelcan a criar sus hijos sin apoyo de pareja estable. Es allí, en ejemplos como esos, que encontramos la esperanza de superación y de mejoramiento colectivo, necesarias para combatir las plagas de la intolerancia y desapego de muchos en esta sociedad.
Abogado