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Las traiciones y desamores de Rafael Núñez en Chiriquí


Mario Castro Arenas (opinion@epasa.com) / Mario Castro Arenas

Solo un reducido núcleo de historiadores panameños ha evocado el abominable tránsito político y sentimental de Rafael Núñez en las tierras decimonónicas de Chiriquí. Con la prolijidad de los que se queman las pestañas buscando la historia en documentos con olor a formol y naftalina y con una destreza narrativa que compite con la seriedad de sus estudios jurídicos, el doctor Carlos H. Cuestas, secretario de la Corte Suprema de Justicia, profesor de Derecho Romano, publicó la novela “Altivez”, uno de cuyos protagonista reales es el doctor Rafael Núñez, presidente de la República de Colombia.

La escenografía histórica de Chiriquí del siglo XIX despliega las luchas de conservadores y liberales; las alianzas matrimoniales entre dinastías familiares de David; los reductos conservadores de los de Obaldía, Gallegos y de la Lastra y las trincheras liberales de Buenaventura Correoso y sus incondicionales seguidores, los jóvenes Calancha. Jurado, Quintero Villarreal; el transcurrir somnoliento del tiempo en la provincia, a menudo perturbada por las luchas políticas facciosas trasladadas a los campos de batalla. En este abigarrado mural pictórico, el doctor Cuestas enfoca su ojo crítico en la figura de Rafael Núñez, colombiano de físico desgarbado y astuta inteligencia que llegó a Chiriquí llevando bajo el brazo su título de abogado y el nombramiento de juez letrado interino del cantón de Alanje, alrededor del año de 1845.

Desde su arribo a la provincia, el abogado cartagenero se cobijó bajo la sombra protectora del expresidente de la República de Nueva Granada, después gobernador José de Obaldía Orejuela, jefe político y abanderado de los conservadores, casado con la distinguida dama chiricana doña Ana María Gallegos Candanedo.

Así como Carlos Fuentes se desdobla en Ixca Cienfuegos en la novela “La región más transparente”, Cuestas ve los sucesos a través de la lupa radiográfica de Lucas Coba, mítico y omnipresente personaje. Lucas Coba analiza la gente como un psiquiatra, conoce sus pecados inconfesables como un sacerdote, perfora pensamientos, presiente conductas y anticipa hechos.

En la mentalidad omnisciente de Lucas Cobo se dibujó la ficha psicológica de Rafael Núñez: ambicioso “in extremis”, desleal congénito, lujurioso y maquiavélico. Adivinó que Núñez era fugitivo de amores frustrados de Cartagena, donde había dejado una lugareña en estado grávido. Cuando Lucas Coba advirtió que Núñez cortejaba a María de los Dolores Gallegos Martínez, hermana de la esposa del gobernador, intuyó el desencadenamiento de la tragedia de la dama chiricana. Era un matrimonio producto del pensamiento, no del amor.

Dolores era bella; Rafael, enclenque; Dolores era rica; Rafael, impecune; Dolores, ingenua; Rafael, calculador despiadado. Cierto día partió a Bogotá con boleto de ida. Dolores tejió y destejió ropones, colchitas, visillos de hilo, cual una Penélope más desventurada que la de Ítaca. Rafael nunca volvió. La ambición política y una antigua amante se combinaron en el elíxir del olvido. Pionero de los tránsfugas, el liberal Núñez desertó a las filas conservadoras, derogó la Constitución de Rionegro, polemizó acremente con Justo Arosemena y gobernó con puño de hierro cochino en la segunda presidencia.

En matrimonio y política, los desacaecimientos de Rafael Núñez se repiten desde antaño. Pero la última jugada del malévolo ajedrecista no pertenece al repertorio del eximio Capablanca. Conociendo que por principios cristianos Dolores Gallegos no iba aceptar el divorcio, mandó expresamente a un general colombiano llamado José María Bermúdez para que sedujera y engañara a Dolores. Como antes Rafael ganó la confianza de los de Obaldía para poder acercarse a Dolores, presentándose como el piadoso pretendiente que, divorcio por delante, aliviara su soledad de diez años y el abandono de su hijo Rafaelito. José Domingo de Obaldía representó legalmente a Dolores Gallegos en la demanda de divorcio por abandono voluntario por diez años.

Al formalizarse el divorcio, el general Bermúdez, agente del cruel engaño, partió a Bogotá, y ni Dolores ni nadie en Chiriquí supo nunca más de él. Mientras en la campiña de Chiriquí desenvainaban los sables liberales y conservadores y se oía por doquier el estruendo de los cañones, el silencio ahogó las lágrimas de Dolores Gallegos. La pluma de Carlos Cuestas rompe el silencio para estampar en blanco y negro la historia de los amores desalmados de Rafael Núñez y Dolores Gallegos.

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Viernes 14 de agosto de 2026