Las virtudes de un buen educador
Es preciso decirlo sin ambages: hablar hoy día sobre las virtudes del educador es una empresa un tanto osada. Incluso la mera palabra “virtud” resulta hoy sospechosa. Pareciera que suena a timorata adaptación a las exigencias de la moral reinante. Así, la virtud parece ser más bien renuncia que expresión de una vida en vigoroso desarrollo. Hablar de un educador virtuoso es algo casi imposible hoy en día.
Aunque analicemos científicamente el proceso educativo y didáctico, nunca debemos olvidar que en último término es el factor humano, la personalidad convincente en su plena humanidad, la que despierta en el niño y el joven la disponibilidad de ser educado.
Nosotros sí llamamos virtudes porque creemos que no hay razón para evitar esta antigua palabra. Apartándonos un poco de la relación histórica del tema, nos limitaremos a hablar de tres virtudes que nos parecen especialmente importantes en el educador para la consecución de sus fines: el amor educativo, la paciencia y la confianza.
La primera de las virtudes educativas es el amor. Es únicamente el amor lo que da un tono cálidamente humano a esta actividad dirigida a la transformación de las estructuras
psíquicas del educando y solo él puede hacer soportable para el niño esta “intervención” en su personalidad, por más justificada y necesaria que objetivamente sea. ¡Pero todo amor no es eros! Hay también un amor totalmente distinto; el que nace del profundo respeto al sufrimiento de los demás, de la compasión, y que se manifiesta en la voluntad firme de ayudar al prójimo y aliviar sus necesidades.
La segunda gran virtud del educador, es la paciencia. Cierto que ésta es una virtud que se exige a la persona en general, no limitándose específicamente al educador, pero es a éste a quien le concierne de modo muy particular. El educador debe tener paciencia con sus educandos (con sus debilidades, con sus travesuras y malicias, etcétera). Y solo será capaz de practicarlo si, por encima de todas las recaídas y decepciones, tiene la firme confianza de que a la larga se verá recompensada su paciente labor.
Y con ello llegamos a la tercera virtud cardinal del educador: la confianza. Solo cuando el educador cree realmente en el niño, cuando le tiene confianza, está éste en condiciones de desarrollarse. Siempre habrán de estar presentes estos tres rasgos esenciales: el amor educativo, la paciencia y la confianza, si es que se quiere educar realmente en sentido pleno; sin ellos, todo intento sería condenado al fracaso.