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Lecciones de Historia


No hay mal que por bien no venga. Seguramente alguien dirá que es un cliché demasiado gastado y hallará un fondo relativista que disgusta a los obsesionados por la verdad absoluta. No caen en la cuenta que para hallar la verdad, es necesario buscar la mentira. En fin, digamos que en las derrotas también se obtienen victorias.

Precisamente la Historia está llena de este contrasentido aparente. En la larga y cruenta lucha por la independencia de nuestra América, sus líderes, empapados del enciclopedismo francés, intentaron por todos los medios, implantar aquí el naciente paradigma republicano, que para la mayoría iletrada y aún para las clases más educadas de la época, significaba un cambio demasiado radical, acostumbrados como estaban, por siglos, al sometimiento monárquico y religioso. La mala fama de nuestros libertadores, entre las élites conservadoras criollas de entonces, se basó en la propaganda española que los acusaba de terroristas traidores al rey.

Después de Ayacucho se pudo unificar la posesión militar del territorio, pero no se logró la anhelada unión política, ni tampoco la independencia económica. Al final de sus vidas, nuestros libertadores reconocieron que la anhelada democracia republicana, a la francesa, era una utopía imposible de realizar. La pobre educación, la extensión geográfica y el desconocimiento de los derechos y obligaciones cívicas que acarrea una república, fueron algunas de las razones del cambio ideológico experimentado por Bernardo de Monteagudo, el Robespierre americano, que del ferviente republicanismo revolucionario original pasó luego a favorecer una monarquía parlamentaria al estilo girondino. Hecho que algunos de sus biógrafos atribuyen como causa intelectual de su asesinato, cometido en Lima.

Dos siglos más tarde, el sueño de nuestros próceres se ha cumplido. Aunque no en este continente. Aquí seguimos empeñados en resolver nuestros problemas cada uno según su parecer. Cada país inventa su caudillo. Mientras, los pueblos sufren las consecuencias de sus desatinos. Tal parece que estamos condenados a vivir en eterna soledad. Por otra parte, España hoy es la viva imagen del anhelo de Monteagudo. Las diferentes nacionalidades permanecen unidas bajo la figura del Rey, que es la de España, a la que ha salvado en más de una ocasión. Los pueblos que la integran están representados en las Cortes Generales regidos por una Constitución Nacional. Contrario a la América Nuestra, allí las instituciones democráticas son más poderosas que el Rey. España no es república, pero funciona como si lo fuera. Nosotros lo somos, pero funcionamos como una monarquía sin corona.

El régimen presidencialista latinoamericano es un pulpo de largos tentáculos, que termina por ahogar a las instituciones, demasiado debilitadas por un sistema que prioriza los partidos políticos antes que la institucionalidad democrática. Las plataformas ideológicas son importantes, como guías de principios, pero no pueden sustituir la opinión de los ciudadanos, que más de una vez ha sido más sensata y acertada que los empeños por someterlos a dogmas políticos o económicos apartados de la realidad. Una realidad que los políticos suelen violar entre gallos y medianoche.