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Lecciones históricas para no olvidar


Se cumplieron 50 años de la construcción del Muro de Berlín, clara demostración de lo que es capaz de hacer el totalitarismo.
En agosto de 1961, los jerarcas comunistas ordenaron a diez mil de sus soldados construir esta muralla de la vergüenza para la humanidad, que tuvo extensión de 45 kilómetros de largo y 4 metros de alto, que dividió a la capital de Alemania y, con ello, a gran cantidad de familias: las unas, quedaron cobijadas por los bienes de la libertad y, las otras, por la bruma del esclavismo.

El 9 de noviembre de 1989, la muchedumbre cansada del sistemático engaño, de la pobreza reinante y de la opresión, derribaron los gruesos bloques de hormigón que sostenían puestos de vigilancia fuertemente armados y alambrados con electricidad para impedir el paso de un sector a otro de la urbe.

Poco tiempo después, precisamente el 1 de diciembre del mismo año, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas dejó de existir. Este hecho influyó decisivamente en la marcha planetaria, reduciendo en forma notable la infiltración que tuvieron los bolcheviques, sobre todo en Cuba, doblegada por los hermanos Castro por más de 50 años.

Las falacias de la autocracia cayeron definitivamente cuando se derrumbó aquel muro de triste memoria. Una vez que se produjo aquel acontecimiento, se inauguró una nueva era para la humanidad y comenzó a derretirse la Guerra Fría que, por muchos años del siglo XX, guio las relaciones internacionales.

A pesar del aleccionador colapso soviético, lamentablemente en América Latina y el Caribe quedan aún nostálgicos pregoneros de esos regímenes de tiranía. Tales dinosaurios ideológicos, a quienes se debe en considerable parte el retraso latinoamericano y caribeño, en actitudes obsesivas y hasta cínicas siguen con sus tesis retrógradas, como sucede con el denominado socialismo del siglo XXI que está produciendo efectos nada recomendables en Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia, países donde especialmente a la libertad de expresión se le está persiguiendo, con el fin de amordazarla, al estilo cubano en el que simplemente no existe prensa independiente y pluralista y los presos de conciencia llenan las mazmorras que mantiene el oficialismo para infundir miedo a quienes se atreven a pensar diferente a la “verdad” oficial que no se puede discutir sino obedecer ciegamente, como repudiables extensiones de los tristemente célebres gulags.

Lecciones para no olvidar son las que dejó el fracaso de la ex-URSS y la presencia del nefasto y anotado muro de la infamia.