Legitimidad democrática
“La historia no es como sucedió, sino como uno la recuerda y está dispuesta a contarla”. Gabriel García Márquez.
Ante todo queremos remontarnos a hace 1132 días cuando se proclamó Ricardo Martinelli Berrocal como presidente de la República, con el apoyo de más del 60% del electorado nacional. Esperamos que el tiempo transcurrido no nos impida recordar que el modelo electoral panameño, en ese momento histórico, decidió hacer público en tiempo real los resultados del escrutinio preliminar en el instante de recibir la información de la primera mesa de votación.
Tampoco debemos olvidar que durante el proceso electoral se hizo evidente la necesidad que ese mismo sistema electoral, espejo en que desean verse muchas naciones del continente, estableciera una regulación sobre el acceso de información relativa al financiamiento privado de los partidos y las campañas políticas. Y aunque la comunidad nacional resintió los hechos que enturbiaron con acusaciones mutuas esta fiesta electoral, ello no mermó el nivel de la altura de la cultura política y la calidad de las instituciones electorales del Estado y la sociedad civil panameña.
A partir de ese momento trascendental, la administración Martinelli comienza a gozar de un mandato popular y alcanza niveles de aprobación cercanos a la unanimidad, que luego declinarían debido al agravamiento de las disposiciones constitucionales que se refieren a la separación de los poderes públicos, y por la forma impulsiva e intolerante en que el presidente decide desarrollar un proceso de cambios reflejado principalmente en la construcción de infraestructura, que, a fin de cuentas, tan solo podrían servir para albergar instituciones en franco deterioro. Además, los sobresaltos causados por los constantes escándalos, el incontenible transfuguismo y los discursos amenazantes que recuerdan los tiempos de los cuarteles, distorsionan el panorama político y crean un malestar ciudadano.
Es necesario recordar en este punto del camino recorrido el programa electoral de la “Coalición por un Cambio”, integrado por los partidos Cambio Democrático, Panameñista, Molirena y Unión Patriótica. Sería saludable que los panameños pudieran releer el completo programa electoral con que Martinelli vendió su campaña y llevó su coalición al poder, porque en democracia, un programa electoral es un contrato con la ciudadanía. El incumplimiento de las promesas electorales y la posposición de los llamados “impostergables” realmente apartan al Gobierno de parámetros democráticos y lo aleja de una auténtica legitimidad obtenida en las urnas. Además, la democracia no es ni puede ser un ritual de “marketing” de supermercados.
En estos 1132 días, observamos al presidente cada vez más solo y rodeado de amigos oportunistas, funcionarios mediocres y asesores inexpertos. Su plana mayor y círculo íntimo demuestra incapacidad para lograr consensos y, como consecuencia, tiene que recurrir a salidas emotivas que trascienden luego en errores innecesarios. Sin embargo, a Martinelli le quedan dos años para enderezar su rumbo y replantear el legado que quiere dejar al país. En nuestra opinión, la solución está en utilizar todos los recursos, tanto materiales como espirituales, para gestionar la modernización del sistema educativo panameño, fundamentado en principios cívicos y valores morales, y proteger la institucionalidad del país. La institucionalización tiene que ser una práctica interna, que promueva una cultura de mercado y competencia, basada en la honestidad, transparencia y equidad. Las instituciones deben contar con funcionarios dispuestos a trabajar con creatividad, iniciativa y energía, sin compromisos particulares con nadie. Las instituciones son de carácter permanente y deben garantizar sin ninguna duda la aplicación de la Constitución, las leyes y las normas del país. Pienso que solo así Martinelli podrá recobrar la credibilidad y realizar el desarrollo socioeconómico sostenible, tan competitivo como inclusivo, que asegure el bienestar de la mayoría de los ciudadanos, hoy excluidos por una sociedad de derroche.
Los momentos actuales sirven también para insistir en la importancia de la salud del presidente. Lo cierto es que la institucionalidad del país, hoy por hoy, depende del miocardio de un corazón presidencial. No quisiéramos imaginar lo que sería de Panamá si su presidente no pudiera completar su término por razones de salud. Todos los panameños debiéramos rezar para que Martinelli se alimente saludablemente, haga ejercicios físicos con regularidad, baje de peso, duerma temprano y controle los excesos.
Estos tres años han transcurrido muy rápido y causado mucho tormento. Esperamos que el presidente sepa interpretar los símbolos de los tiempos y empiece a hacer lo correcto por los motivos correctos. Estamos ante un hito trascendental en la historia nacional y a un paso de convertir a Panamá en una potencia marítima y logística del hemisferio occidental, como consecuencia de la ampliación del Canal, la obra cumbre del siglo XXI y la hoja de ruta para alcanzar el mundo. Por tanto, señor presidente, por amor a Dios y a la patria, no pierda esta oportunidad y dele al país la paz y la tranquilidad que todos merecemos.
Empresario
