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Libertad como desconexión

Por: Redacción 24/07/2015

Daniel Innerarity /Catedrático de la Universidad del País Vasco

En la era de las redes y las conexiones, de los links y la instantaneidad comunicativa, la peor tragedia cotidiana es tener que escuchar que el teléfono marcado está desconectado o fuera de cobertura, que alguien tarde dos días en contestar un correo electrónico.

Se trata de estar siempre integrado, disponible. No llevamos bien la desconexión porque estamos psicológicamente configurados con la sensación de que nos estamos perdiendo algo.

En menos de veinte años hemos pasado del placer de la conexión a un deseo latente de desconexión, según Francis Jaureguiberry. Del mismo modo que el ocio y la pereza fueron reivindicados en la era del trabajo o el decrecimiento en medio del éxtasis del crecimiento y la aceleración, han ido apareciendo en los últimos años diversos elogios de la desconexión. Aumentan los diagnósticos que hablan de una verdadera dependencia provocada por el exceso de interpelaciones y la sobredosis comunicativa.

¿A qué se debe este malestar que surge allí donde hasta hace poco celebrábamos una verdadera orgía del contacto y la accesibilidad?

El exceso de conectividad se vive subjetivamente como una carga porque el impulso de comunicar y expresar nos está situando fuera de todo autocontrol subjetivo.

Frente a este malestar, aumentan las estrategias de desconexión para preservar el propio ritmo en un mundo que empuja hacia la aceleración y a defenderse de un ambiente intrusivo. Prácticas de desconexión voluntaria que permiten la desintoxicación informativa, como reducir el número de las informaciones a las que se hace caso, desconectar el teléfono o el correo electrónico mientras se trabaja.

En Francia ha habido un debate en el que se ponía en cuestión que estar conectado veinticuatro horas fuera bueno para los trabajadores; hay empresas californianas que envían a sus empleados a estancias para curar su exceso de conectividad; también hay empresas que han prohibido todo correo profesional a partir de cierta hora y durante los fines de semana.

En un mundo en el que la inmediatez y la vecindad son lo habitual, resulta imperativo recuperar el sentido de la distancia como algo que uno debe procurarse para ralentizar el ritmo de la comunicación y la decisión, para sustraerse a la influencia de las opiniones ajenas y pensar por cuenta propia, para decidir uno mismo en su propio espacio y con su propio tiempo. Si en el pasado la distancia era un obstáculo para muchas cosas, hoy es un instrumento que facilita la autonomía personal.

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Viernes 31 de julio de 2026

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