Llamar a la paz, no a la guerra
Hay que llamar a la paz, nunca a la guerra. El ser humano nació para vivir en la armonía, no en la barbarie que algunos locos pregonan. Nadie es quién para despreciar la vida de un ser humano, por mucho dominio que ostente. Los que así actúen, deberán rendir cuentas por su salvajismo, en constante violación del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos.
No puede sostenerse ningún poder sembrando el miedo, matando a la gente que se subleva contra los violadores de derechos humanos, contra poderes corruptos y sembradores de odio y venganza. Para ser un hombre de Estado, primero debes ser elegido y querido por el pueblo. No le demos a estos dictadores armas, porque las utilizarán contra la libertad, y nos estaremos alienando con los bárbaros.
La justicia se defiende con la razón y no con los artefactos. Con la paz no se pierde nada, sin embargo con la guerra se pierde todo.
Con urgencia el mundo precisa de un poder para los demás, no sobre los demás, de una autoridad que significa respeto, estima por el ser humano. Cuando se bombardea a un pueblo desde el aire, en lugar de escucharlo y servirlo, sus responsables no deben quedar impunes. Nada debe importarnos tanto como poner a salvo la vida de cualquier ser humano. Tampoco se debe ceder ante las ideologías que justifican la posibilidad de pisotear la dignidad humana. Ante la tragedia de la falta de libertades, pues, a nadie le es lícito pasar de largo. Desde luego, un país sin habla, sin elecciones libres, es un país amordazado que merece todas las manos liberadoras. Por justicia y por humanidad.
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