Lluvias de olvido
Llegan las lluvias y, con ellas, no solo revive la resiliente natura, sino también las esperanzas de quienes ansiosa, por no decir desesperadamente, hemos estado anhelando el cíclico retorno de este fenómeno atmosférico. Nuevamente, el agua viste los cauces de los languidecientes y en muchos casos extintos cuerpos fluviales y lacustres; las hojas de los árboles brotan triunfantes de su extraordinariamente prolongado letargo estacional; la tierra se cubre con una alfombra de exquisitos y variados tonos de verde; los insectos emprenden sus osados y promisorios vuelos nupciales; los ya casi olvidados cantos de las ranas y los grillos vuelven a romper melódicamente el silencio de las noches y otros tantos emblemáticos eventos anuncian que el mal llamado invierno ya está aquí. Lamentablemente, este idílico escenario comparte su espacio con una serie de hechos no tan extasiantes. Estas primeras lluvias, sin embargo, traen consigo una elevada dosis de ‘amnesina’ u hormona de la desmemoria.
Este poderoso agente, el cual rige gran parte de la vida del panameño, parece ser el responsable de que cada año a los habitantes de las áreas “urbanas” se les olvide que el atiborrar los desagües con basura y concreto líquido, y que el construir rellenos por encima del nivel de áreas aledañas previamente habitadas provoca indeseables inundaciones. Los efectos de la amnesina, sin embargo, puede generar consecuencias de diversa índole según el área geográfica donde esta se disemine. Por ejemplo, en Azuero, donde resido, la amnesina no le permite a mis paisanos entender que la devastación de toda la superficie boscosa es en una de las principales causas del deterioro de los suelos, la pérdida de la humedad atmosférica, el agotamiento de las fuentes superficiales y subterráneas de agua, y la desaparición de casi todos los hatos de ganado y de los cultivos agrícolas.
En esta misma región,la amnesina también ha tenido un efecto significativo sobre las “iniciativas” (todas contingenciales por cierto) que el Gobierno ha ideado para palear con la mayor sequía hasta ahora documentada. La perforación de innumerables pozos mediante el uso de mágicas, rudimentarias y, por supuesto, fallidas técnicas de detección de acuíferos sin tomarse la molestia de represar oportunamente los ríos y quebradas convirtieron a Azuero en una especie de superficie lunar. No obstante, como bien dicen, la desgracia de unos es la dicha de otros. La crisis hídrica ha favorecido una nueva modalidad de negocio: los famosos carros cisternas que llevan “toneladas de esperanza”a las comunidades. De hecho, no sería de extrañar que estos icónicos ‘alma de los culecos’ sean de ahora en adelante la única forma "eficiente" y "digna" de dotar de "agua potable" a muchas comunidades, pues no se vislumbra ninguna proyección gubernamental diferente en el horizonte. Sin embargo, no todo está perdido. Hace unas semanas unas cuantas autoridades apoyadas por la sociedad civil dieron muestras de cordura y gallardía al lograr el veto de una "iniciativa" propulsada por nuestros voluntaria y popularmente elegidos ediles para despojar al Cerro Canajagua de su condición de reserva forestal. Más allá de los bien merecidos bombos y platillos por este logro, surge la pregunta: ¿Cómo es posible que semejante abominación llegase a ser considerada en primera instancia? Por si no lo sabían, el amenazado Canajagua da origen a 7 ríos importantes y 160 fuentes hídricas de otro tipo.
Toda esta absurdidad conduce a otra pregunta: ¿No fue suficiente que 30 de los 47 ríos de la provincia de Los Santos se desvanecieran a causa de la inolvidable sequía que nos acaba de azotar, ni tampoco lo son los inminentes acortamientos en la periodicidad e incremento en la intensidad del Fenómeno de El Niño a raíz del cambio climático? Lamentablemente, lo que pasó o pudo pasar con el Cerro Canajagua no es más que un caso más de tantos que ocurren a diario en nuestro monetizado país y en casi todo el mundo.
El ser humano actúa sobre el planeta como si existiese otro en el que pudiera vivir, lo cual es muy probable pero inasequible en este momento. Es más, ojalá y nunca podamos dejar plasmada nuestra triste influencia en otra parte como lo hemos hecho aquí. Volviendo a nuestro planeta, es importante que tengamos presente que Panamá es un país con pocos grandes desastres naturales, pero sí con muchos pequeños, casi todos de naturaleza antropogénica y con importantes consecuencias económico-sociales por cierto. Dios no es panameño como algunos suelen decir; lo que sucede es que nos hacemos inconscientes, nos olvidamos y hasta parece que nos acostumbramos a las calamidades con una convicción casi religiosa.
Coordinador Centro Especializado en Lenguas. Universidad Tecnológica de Panamá. Centro Regional de Azuero