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Lo mejor y lo peor de un diálogo


El diálogo entre los trabajadores y el gobierno panameño está próximo a entrar en un punto muerto. Los representantes del mandatario panameño exhortan a los trabajadores que hay que mantener abierta la mesa del diálogo. Por su parte los líderes sindicales advierten que se saldrán del mismo si no se deroga completamente la Ley 30. Los trabajadores sostienen que la táctica oficial es dilatar para no cambiar la Ley 30, una ley, según el dirigente Mariano Mena del Consejo Nacional de Trabajadores Organizados (Conato), “se creó violentando una serie de derechos”. Mientras los trabajadores daban claras señales de que no van a moderar sus exigencias, esta misma semana varios ministros de estado han dicho que los trabajadores deben seguir en el diálogo. En este círculo sin fin de encuentros y desencuentros políticos, lo que está mal es que todo empezó mal.

El vice ministro de Trabajo, Luis Ernesto Carles, dijo que desde los acuerdos de Changuinola, el gobierno había fijado su posición de no derogar la Ley, y que a partir de allí los trabajadores decidieron sentarse en la mesa del diálogo. Lo que se le olvida al ministro es que esta “ley chorizo”, inconsulta y sin diálogo, había modificado de un plumazo tres códigos (Penal, de Trabajo y Judicial) además de seis leyes nacionales, y que una vez aprobada se produjeron reacciones en todo el país, especialmente en Bocas del Toro donde las protestas se saldaron con una asonada y la posterior salvaje represión que dejó dos muertos y más de 200 heridos. Lo mejor de un diálogo es que se haga a tiempo, lo peor es hacerlo en medio de brutales desconfianzas.