Lo que nos divide, lo que nos une
Durante los últimos meses hemos vivido un fenómeno único en el acontecer político mundial, que desde lejos muchos vemos pero pocos conocemos. Se trata de las elecciones presidenciales más perturbadoras en la historia de Estados Unidos. En la encuesta mensual local de Dichter & Neira correspondiente al mes de octubre, los peritos indagaron lo siguiente: "En base a los intereses de Panamá, ¿quién nos conviene que gane en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos?". Ante la pregunta, un 75% respondió que Hillary Clinton es la candidata presidencial que le conviene a Panamá, mientras que un 10% aseguró que Donald Trump es la mejor opción para los intereses de Panamá. Esta es una tendencia, con números más o menos análogos, que se refleja en los otros lares que conforman la gran comunidad de países.
Posterior a escuchar el último de los tres debates presidenciales y analizar en frío las vivencias del último año, sin pasiones ni denuedos, nos queda más claro que Tío Conejo, cual es el candidato que más conviene, no solo a nivel mundial sino a las grandes masas del coloso del norte, cuyo electorado ha sido descrito por un periodista galo como tenedor de un nivel de inteligencia política levemente superior a una vaca, hecho que pude constatar, posterior al tercer debate, durante una entrevista televisiva a un grupo de votantes que aún no han decidido por uno ni por el otro de los contrincantes.
Observando el perfil del votante norteño, encontramos diferencias entre los temas de mayor relevancia que no siempre concuerdan con nuestra psiquis. Resulta alarmante, por ejemplo, la perspectiva sobre la tenencia de armas, reflejada en la Segunda Enmienda a la Constitución, parte de la llamada Carta de Derechos aprobada el 15 de diciembre de 1791. A finales del siglo XVIII, unos años posterior a su independencia, existía aún la amenaza de los ingleses y era común cazar una liebre para la cena, algo así como Chepo a mediados del siglo pasado donde se acostumbraba salir de cacería para traer algo a la paila de la hambrienta familia. De allí al libre albedrío de tenencia de sofisticadas armas de combate, a la ley recién promulgada en Texas que permite el portar armas abiertamente, dizque para desestimular el crimen, nos lleva a una alarmante tasa de homicidios culposos, resultado de pasiones efímeras o diabólicos planes premeditados por patógenos ciudadanos que usurpan los titulares de la prensa con absurdos crímenes masivos en escuelas, salas de cines y centros comerciales.
Con este ejemplo en mente, vemos la sagaz forma en que el candidato Trump exitosamente enfoca su campaña en lo que divide al electorado norteamericano, ferozmente insultando a sus contrincantes y repitiendo falsedades que han obligado a una coreada revisión de hechos por los medios. De esa forma se hizo de la nominación por el Partido Republicano y está a un tris de repetir el fenómeno que llevó al poder a Adolfo Hitler en Alemania en marzo de 1933. Donald Trump y la discordia que ha sembrado no es un espejo de su país. Su denigrante discurso sobre las mujeres, sobre el supuesto nacimiento fuera del país del primer presidente negro, su racismo e irracional narcisismo, no reflejan los valores fundamentales de las grandes mayorías en EE.UU.
Del otro lado de la moneda, Hillary Clinton no es perfecta, nadie lo es. Pero ha probado ser el dictamen correcto, la que une en vez de dividir, acreditada Primera Dama, Senadora y Secretaria de Estado, la única decisión. Esperemos el fallo de los votantes y la díscola reacción de un Donald Trump que desde ya alega trampa en una nación de envidiable vocación democrática. ¡Que Dios y la razón iluminen a los electores el martes 8 de noviembre!
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