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Lo que se necesita son más escuelas rurales

Por: Redacción 19/05/2014

Panamá es un país de contrastes. Por un lado, vemos a los licenciados, doctores y hasta los disfrazados honorables haciendo gala de conocimiento y experiencia. De repente pareciera como si los eruditos y los sabios fueran la norma y que la nación entera estuviera inmersa en letras, ciencia y filosofía. ¡Quién lo creyera!, porque en el otro lado, tenemos la realidad, una triste realidad muy distinta a la supuesta sapiencia y desbordante sabiduría que nos regalan los letrados, pero que de verdad choca con la tragedia de que cada vez más tenemos menos personas que quieran quedarse en el campo.

Para ser sincero, pudieran escasear los abogados, banqueros, médicos, ingenieros y arquitectos, y no pasaría nada. Incluso, todos sobran frente a la ineludible importancia de un simple campesino que cultiva su tierra y nos da de comer. Prefiero mil veces a que en el país se sufra por desabastecimiento de cédulas o de placas vehiculares o pasaportes que de comida y alimentos básicos.

PANAMÁ NO NECESITA MÁS SABIONDOS. LO QUE SE REQUIERE SON PERSONAS QUE SEPAN UTILIZAR UN ARADO O UN TRACTOR, QUE SIENTAN EMOCIÓN AL SEMBRAR UNA SEMILLA Y VEAN LA VIDA REALIZADA EN SU COSECHA.

Es trágico que en los últimos cincuenta años, ningún gobierno se haya preocupado para que estas personas vivan dignamente dentro de la actividad que desarrollan. La última vez que se hizo algo fue cuando “Chinchorro” Carles, siendo ministro de Agricultura, Comercio e Industrias (Maci) en 1964, dotó al Instituto Nacional de Agricultura de Divisa de recursos suficientes y promovió la educación en el campo para la gente del campo.

Es irónico que, mientras que en los últimos años la educación particular en todo el resto del país se ha convertido en un lucrativo negocio, el tema de la educación rural se ha tratado con indiferencia y dejadez. La escuela rural en el pasado fue célula desde donde una gran cantidad de personas ilustres logró sus primeros años de enseñanza, y de allí partieron para convertirse en verdaderos ciudadanos de bien. Siempre ubicada en el campo, resulta un espacio ideal para inspirar la educación de quienes tienen a su lado el verdor de la vegetación, el ganado, el aroma a caña y el paisaje pintoresco del interior.

Hoy, aunque remodeladas de la época de techo de pencas y piso de lodo, todavía carecen de identidad y relevancia con respecto a su papel e importancia para la economía del país. Más de la mitad del territorio nacional predomina en áreas rurales y, por tanto, estas escuelas deben construirse sin perder de vista su significado social.

En el campo no hay teatros, lugares de recreación ni grandes centros comerciales; la vida del campesino es rutinaria, lenta y sin distracciones, y los medios de transporte y comunicación son escasos. Los problemas allá son muy distintos a los nuestros acá en la ciudad. La estructura familiar es de naturaleza patriarcal y la economía doméstica se fundamenta en el autoabastecimiento. A veces, por razones de trabajo, los miembros de una misma familia se trasladan largas distancias según los tiempos de siembra o cosecha. Por eso, las autoridades educativas deben conocer sobre estas realidades y asegurar que la escuela rural atienda los niños y sirva como faro luminoso del saber y la cultura. Sus turnos, por ejemplo, no pueden ser iguales a los de las demás escuelas del país. Allí hay alumnos que caminan largas distancias y que en temporada de lluvia, cuando se inundan los ríos, ponen sus vidas en peligro al trepar puentes colgantes y sortear otros elementos del ambiente. Igualmente, los maestros deben conocer la idiosincrasia y los estilos de vida del campesino para proyectarles una educación que inspire y motive, y no bastarse con solo transmitir acerca de las novedades de la ciudad y las modas del mundo, que lo único que incitan es al éxodo rural y que a la larga resultan en un viaje infructuoso.

La escuela no es un lugar para guardar niños, sino el lugar de acción para combatir las desigualdades sociales desde la educación. Hay que repensar la educación y definir el tipo de país que queremos.

El nuevo gobierno tiene una obligación de crear un proyecto nacional de escuelas rurales, no solo de paredes y pisos de cemento sino también de adecuación curricular. Por un lado, hay que introducir herramientas tecnológicas en cada escuela rural por medio de visitas de tutores tecno-pedagógicos que acompañan al maestro de modo de propiciar ambientes enriquecidos en los que las tecnologías de la información y de la comunicación actúan como facilitadores del aprendizaje en la adquisición de conocimientos, habilidades y competencias. Y por otro, hay que ayudar al estudiante a afianzar el conocimiento histórico que por generaciones ha servido para sembrar, cultivar y cosechar la tierra, y desarrollar el amor al campo.

Panamá no necesita más sabiondos. Todo indica que de estos estamos sobrados. Lo que se requiere son personas que sepan utilizar un arado o un tractor, que sientan emoción al sembrar una semilla y vean la vida realizada en su cosecha. El país está urgido de campesinos que quieran la tierra y nos den de comer. Ese es un reto para todos los seres humanos, pero que aquí en Panamá adquiere vigencia y toma vital importancia, no solo para los próximos cinco años, sino para toda la vida.

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Viernes 7 de agosto de 2026