Loor a Cataluña
La noticia de que en Cataluña han prohibido la corridas de toros me ha causado un gran placer. Soy un decidido defensor del derecho al sosiego y a la vida que tenemos tanto los humanos como los animales.
Por muy popular, tradicional y espectacular que sean las corridas de toros, siempre me han impresionado por el fondo de crueldad que hay ello.
Según la tradición, un ternero es criado en una hacienda. Cuando se hace adulto y con cuernos muy puntiagudos, lo envían a una determinada plaza. Lo sueltan hacia un rodeo inmenso, el cual recorre despavorido. En un momento dado se detiene. Llegan hacia él un par de señores cada uno con un vara larga en cuyas puntas hay un clavo, y comienzan a puyarlo, es decir, a torturarlo. Acto seguido, aparecen unos banderilleros, que los desafían y en el lance, le clavan banderillas, es decir, continúa la tortura.
Luego entra en acción el diestro que ha de lidiar y matar al pobre cuadrúpedo. Y tras algunos pases para cansarlo que son ovacionados por los espectadores, le hunde una espada en el lomo; la víctima titubea y se derrumba exánime sobre la arena. Vítores estruendosos de la multitud y arrastre del cadáver para retirarlo del ruedo.
En 1973 asistí en Madrid a una corrida en busca de entretenimiento, y tras haber visto lo narrado aquí, abandoné la plaza entristecido.
