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Los discursos que engañan

Por: Redacción 08/05/2015

Vuelvo a insistir en la necesidad de reivindicar el discurso político panameño hasta ponerlo en el nivel de los estadistas. Por ello, también reitero a Miguel de Cervantes Saavedra, quien supo diferenciar, de modo preciso, la fábula que se plasma en el apólogo y la fábula vertida en la milesia. Para Cervantes el apólogo, “deleita y enseña”; y la milesia solamente deleita, pero nada enseña.

Esta distinción es positiva y propicia. Tengámosla presente para la comprensión, en la generalidad de los casos, del discurso político panameño, connotado por la abundancia de palabras, superficiales, abstractas y plagadas de entuertos filosóficos; de “promesas que jamás se cumplirán” y cuando no inacabadas; expresiones indecorosas, ofensivas, denigrantes, y como ya escribiera otrora “largas oraciones huecas de contenidos”, etc.

Estos discursos no presentan propósitos claros o bien definidos; por o que están ausentes de metas y de métodos. Suelen presentarnos contenidos amorfos en los que resalta la mediocridad y la ofensa a la inteligencia.

Nuestros políticos creen saber de ciencia, homilética, peripatética, matemáticas, astrología, adivinación, astronomía, psicología, parapsicología, etc. Son tanto disuasivos como persuasivos para terminar engañándose a sí mismos, pues queda claro que con semejante jerga política ya nadie les cree, absolutamente, nada. De un recordado político y expresidente colombiano se recuerda, propia de los comentarios de los pasillos, alguna intervención de esta naturaleza, quien dando una entrevista a cierta periodista expresaba: “No estoy de acuerdo ni en desacuerdo, tampoco en contra ni a favor, ni más ni menos, da lo mismo igual que desigual”.

Y como también, otrora escribiría: “Me llama la atención la fabulosidad de nuestros políticos. Pero quede claro. No en el sentido del apólogo, sino en la significación de la milesia. Es decir, no hay mensaje ni enseñanza alguno de reivindicación de la Patria; de restablecimiento de la moral de la nación; de reintegración del orden y de la autoridad; de fortalecimiento de nuestra identidad nacional y de ciudadanos; de colaboración con las grandes mayorías marginadas del progreso y desarrollo social; de querer enrumbar al país por caminos de prosperidad igual para todos; de hacer justicia a los pobres y marginados; de adecentar la administración pública; de llevar pan y abrigo a cientos de miles de panameños que padecen hambre, angustia y persecución; de permitir igualdad de oportunidades y de participación en el desarrollo de la nación; de adecentar la administración de justicia, etc.”.

No hay duda alguna que nuestros políticos manejan muy bien el arte de instrumentar los discursos sobre estas materias de manera muy fabulosa. Se advierte en ellos, y cómo en épocas de campaña o de contienda electoral, en dos o tres minutos de asombrosa locuacidad resuelven el problema del hambre y del desempleo; “en dos más ya han puesto a todos los desempleados del país a trabajar; y ya, en el epílogo de sus intervenciones, han ubicado al país en el más alto nivel de desarrollo. ¡Ilusos! ¡Ingratos!, ¡Injustos!, para con un pueblo que anhela mejores días y mejores años de vida; para con toda una nación que anda en búsqueda permanente de paz y de estabilidad”.

Es de observar y hacer notar que este tipo de discursantes están huérfanos de auténticos y legítimos planes y programas; por ello no es tarea difícil advertir cómo improvisan las soluciones que dicen tener para los más acuciosos problemas que enfrenta la nación. Así, pues, apuestan a favor de la improvisación, de la respuesta sacada al momento cual as de las mangas y no se advierte un método para darle soluciones concretas a nuestra gente.

Concluyo diciendo: “Sufre la Patria, se resiente la nación, se lamenta nuestro pueblo, cada vez que esa perversa clase de políticos miméticos sale a la palestra a servir de espectáculo. Para algo sirven estos: para entretener a un pueblo que pernocta en la pobreza, el hambre y el desempleo rampante. Razón tiene el bardo cuando escribía: “Cuartos de la gente pobre, cuartos donde no entra el sol, porque el sol es aristocrático”. Son miles de miles los cuartos de la gente pobre en nuestra nación: en ellos, si se desayuna no se almuerza, y si se almuerza, no se cena, o tal vez ni una ni la otra cosa. Hay fiebre en la manta de los panameños. Hay angustia en el rostro de nuestro pueblo.

Los políticos milésicos, los que son “pura pantalla o bla, bla, bla”, deben ser echados del altar de la Patria; y, adondequiera que se asomen, habrá que lanzarles el agua caliente de la censura y el desprecio.

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Viernes 31 de julio de 2026

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