Los extremos en el arte de gobernar
La literatura política, desde el siglo pasado, ha abundado en la investigación y estudio de las cuestiones relativas a la democracia y el poder político, constituyendo espacio común las teorías que hacen énfasis en la permanencia de un estado que tenga como componente o núcleo fundamental, el propósito de preservar el funcionamiento equilibrado de la sociedad, de tal suerte, que los extremos no se atrincheren en sus respectivos espacios, y con ello evitar, lo que la sociología moderna, denomina la elitización del ejercicio del poder político.
A contrario sensu, no olvidemos que desde la perspectiva histórica los estados modernos surgieron, por lo menos en su forma, para representar el interés general de la sociedad.
La versión instrumentista del estado, articulada a fines o enfoques corporativistas en la historia política, sea en Europa, Latinoamérica o en el continente africano, ha sido fulminante para la vida en democracia. En esa misma y abundante teorización en torno al poder, se ha concluido igualmente que la economía se desenvuelve con mayor eficiencia, eficacia y rendimiento, allí donde su superestructura política y jurídica constituye realidades de equilibrios e entendimientos societales con el poder.
Siempre hemos suscrito la teoría del ejercicio del poder o la gobernabilidad, que tiende puentes con la sociedad y los extramuros; que busca el diálogo, tolera el disenso y anima los espacios de consultas y participación. Precisamente estas son las cualidades de un estado moderno y democrático.
En varias escritos, animado por buenas intenciones, he señalado, que estas formas de ejercer el poder, en nada atenta contra la gobernabilidad. Todo lo contrario, ayuda a una mejor democracia. Los gobernantes deben actuar con la máxima, de que no hay problema o contradicción que no pueda ser objeto de un tratamiento dialogal.
Desde del punto de vista de los intereses del país y como nación, existen problemas que deben ser abordados desde una perspectiva democrática y socialmente participativa.
En ese sentido, cada vez se hace más apremiante, que la gobernabilidad abandone su atrincheramiento de los extremos en que se mueve el péndulo del poder y ubicarse o trasuntar hacia un centro que promueva equilibrio y paz social. Los mandatarios tiene que cuidarse de los aduladores, que le dicen que todo está bien, esos son los primeros que saltan del barco, cuando las crisis arrecian. Mienten los que les dicen que la sociedad civil quiere cogobernar o atentan contra su mandato.
Señor presidente, asuma como estilo, el diálogo, la consulta y demos curso a una sociedad que purgue los sobresaltos y las confrontaciones.
