Los hijos de la era digital
Hace unos años, Jack Welsh, en ese entonces Ceo de GE, disparó: “Cambia o muere”.
Y es más, muchas empresas aplicaron la lección de Welsh: conseguir e-sabios de 25 años de edad y reunirlos, una hora a la semana, con los máximos ejecutivos para así sacudir el mercado.
De alguna forma, los resultados fueron más allá y hoy están a la vista. La era tecnológica sigue camino a una nueva revolución. Sin embargo, el gurú del management, Peter Drucker, visualizó que no se trata principalmente de una revolución en la tecnología, las máquinas, en las técnicas, en el software o la velocidad. Es una revolución de concepto. Y de comportamiento.
Aquí radica el asunto. En Panamá habita una numerosa tribu, para los más veteranos, extrañísima: los hijos de la era digital. Viven, comen y sueñan en 3.0. Se comunican a través de mensajes de texto. Se reúnen unos con otros de manera virtual. La mayoría lo hace con el velo de la distracción. Así pueden ver sin ver, sentir sin sentir y hablar sin hablar.
Quizás fruto de la necesidad tecnológica, su nivel de comunicación es delicado, como pequeños nidos de algodón, y sus pupilas han adquirido tal fragilidad, que cualquier imagen desconcertante de la vida real pareciera que les trizara los ojos.
No es anormal que en un metrobús, atestado de pasajeros, se suba una mujer con cartuchos de súper junto a su niño y nadie sea capaz de ceder el asiento. Muchas veces, allí están: inmersos en sus pantallas. No es anormal que un conductor detenga su carro cuando cambia la luz a verde o sigan de largo hasta atropellar, ya sea a un peatón u otro vehículo. Allí están: inmersos en sus pantallas. No es anormal que la tasa de obesidad aumente en la población adolescente, incluso infantil. Allí están, inmersos en sus pantallas.
Quizás mañana desaparezcan y entonces tal vez, incluso esos veteranos del siglo pasado, echen de menos a estos 'zombis' autómatas. Habremos perdido, como decía el poeta surrealista André Breton, el dulce placer de escandalizar. Si lo sabrá Zuckerberg…
