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Los hijos de la imagen


Por este puente del mundo y corazón del universo pasa la encrucijada de los tiempos. Mientras unos viven en la Posmodernidad otros no han pasado por el Renacimiento. En su ensayo El Homo Zappiens en la Escuela, Dufour analiza minuciosamente la influencia de la televisión en los niños. Comienza por declarar que la educación es “un hecho social total, basado en tres instituciones educativas: la familia, la televisión y la escuela”. En un entorno que propone la destrucción de las estructuras colectivas promoviendo el culto del “hombre solo, pero libre” la ideología dominante espera terminar con el sujeto crítico para alimentar al individuo “psicotizante o esquizoide”, aislado del conocimiento y los contenidos culturales de las generaciones precedentes y de su responsabilidad cultural.

Los niños en edad tan temprana como la pre-escolar inician su educación con una experiencia de varias horas frente al televisor. Aparato que pasa a ser el chupete mental para tranquilidad de los padres. La UNESCO calcula que un tercio de los niños miran cuatro o más horas de televisión por día. Además de la propaganda consumista los niños asimilan traumáticas imágenes de violencia. “A los once años, un niño promedio habrá visto 100 mil casos de violencia y habrá asistido a 12 mil asesinatos”. Es tremenda la experiencia de niños que se arrojan de un balcón para volar como lo hacen los héroes de la TV. Pero el mayor perjuicio radica en que la televisión se ha apoderado del valor educador de los padres y la familia. A tal punto que en Québec la llaman: “el tercer padre”. Con la simbología de la imagen audiovisual impuesta, el niño pierde la capacidad de crear sus propias imágenes elaboradas desde textos leídos o contados.

Tampoco es rara la observación de los maestros quejándose de que los niños no escuchan y como consecuencia no aprenden a hablar, en el sentido que no pueden sostener un diálogo, ya que si no saben escuchar tampoco permiten la secuencia temporal que existe entre el significante y el significado. Pues no hay cabida para el espacio alterno que debe existir en todo discurso entre el que habla y el que escucha, de modo que el intercambio surja con fluidez y eficacia. Un hecho cotidiano, aún entre adultos. A pesar de que hay más niños que acuden a la escuela, cada vez hay menos educación. Dufour hace una distinción sumamente importante entre el pedagogo posmoderno que renuncia a proponer tareas en las que el alumno tenga dificultades y el pedagogo que trata, por todos los medios, que el alumno se incorpore al discurso del saber, situándolo en una corriente crítica. Pero como el sistema imperante no sabe educarlos, la respuesta no puede ser otra que anestesiarlos con la revolución de la droga audiovisual. En esta sociedad de la satisfacción, una mentalidad crítica siempre será enemiga de la mentalidad consumista y quienes se oponen a ser sujetos mercancía son estigmatizados como profetas del odio. ¡Pobre Jesús!