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Los límites menguantes del imperio


Tras la desintegración del Pacto de Varsovia y de la URSS, Estados Unidos se erigió como la única superpotencia imperial. El dólar era la moneda universal, la palanca definitiva con la que Estados Unidos movía a su antojo el mundo económico y financiero. Su política exterior imponía la ley: los aliados de Washington acataban, con más o menos entusiasmo, sus decisiones, temerosos de mostrar cualquier síntoma de rebelión que provocara el desafecto imperial. Los autócratas y tiranos dóciles eran considerados “amigos” y conservaban el poder mientras no actuasen por su cuenta; por el contrario, los Gobiernos que no gozaban de la estima de Washington, fueran o no democráticos, habían de afrontar serias dificultades y, a la larga, tenían sus días contados.

El imaginario “dividendo de la paz”, es decir, los recursos que concluida la guerra fría quedarían libres para otras aplicaciones en beneficio general de la humanidad, no pasó de ser eso: imaginario. La militarización de la política exterior de Estados Unidos siguió marcando el camino, y varios fracasos fueron los hitos de una ruta equivocada. Los atentados del 11-S marcaron el inicio de la paranoia, de la degradación de la libertad y derechos humanos en aras de una supuesta seguridad frente al terror.

Cuando el actual presidente de Estados Unidos está poniendo al mundo al borde de la catástrofe, sí merecen crédito las palabras que pronunció el pasado domingo ante la más poderosa organización proisraelí de Estados Unidos, el Comité América-Israel de Asuntos Públicos: “Estamos proporcionando a Israel la tecnología más avanzada y los productos y sistemas que solo damos a nuestros amigos y aliados más próximos. Que nadie se confunda: haremos lo que sea preciso para mantener la ventaja militar israelí”. Y para dejar más claro el asunto, declaró: “El programa nuclear iraní es una amenaza capaz de unir la peor retórica sobre la destrucción de Israel y las armas más peligrosas del mundo. Obama compromete la libertad de decisión de Estados Unidos al dejar en manos del Gobierno israelí la iniciativa para atacar a Irán. Atacar a Irán no solo es una estupidez: sería también un error de efectos imprevisibles a corto plazo, dada la arbitrariedad de la agresión.

Se ha avanzado tanto en la guerra verbal, que al peligro ya existente hay que añadir ahora el aspecto psicológico de la sensación de fracaso que se suele producir cuando los hechos no siguen a las palabras. No sería la primera vez en la historia en que el cruce de amenazas y acciones hostiles previas conduce a una espiral sin retorno donde la guerra es inevitable. ccs@solidarios.org.es

General de Artillería en Reserva.