Los metiches
En casi todas las actividades, ya sean religiosas, económicas y políticas, siempre... reitero ¡siempre! hay metiches impertinentes. El metiche es una especie de persona acomplejada que busca detalles de otros para inmiscuirse sin autorización. Cuando en 1871 Antonio Meucci inventó el teléfono, que cinco años después, en 1876, Alexander Graham Bell patentizó, puso a disposición de los metiches un medio de comunicación rápido que a través del tiempo se perfeccionó con milagros como el celular, internet, fax y otros aparatos.
Para mí el teléfono es un instrumento para sutilmente torturar a la gente. Los metiches, que aclaramos no es una raza indígena, ni animal que habita en la selva, pueden ser desde personas ordinarias y chismosas hasta damas o caballeros de fina estampa que, como cazadores empedernidos, andan al acecho de detalles o defectos de los demás para levantar terremotos de comentarios adversos.
¿A quién le interesa si fulanita o menganito van a misa con la misma ropa? Solo a los metiches, cuyos estratos sociales varían desde el lumpen hasta el boato. Los metiches son enfermos síquicos incurables que no admiten que sus perversos comentarios no encajan en gentes que, por considerarse decentes, no desean escuchar descréditos contra los demás.
¿De dónde surgió nuestro interés de escribir sobre esa raza inextinguible llamada metiches? Explico: Buscando reconciliarme con el sumo Creador para que me borre unas libras de pecado que llevo a cuestas, acudí a un oficio religioso donde resultó interesante la disertación de oferente. Era un presbiterio embriagado de euforia religiosa, pero cometí el error de situarme delante de una pareja de metiches que, además de chismosos, eran insoportables. Él constantemente eructaba, dejando escapar gases de su inmensa panza, y ella, rociada con un perfume oliente a marañón maduro, cargaba prendas que al mover las manos sonaban como maracas de un cantante de salsa reconocido.
El susurro de ambos giraba en comentarios como la exmujer de fulano, hasta cuando seguirá teniendo hijos menganita y ¿por qué perencena baila cuando canta? Esas y otras observaciones ribeteadas de risitas emanadas de los labios de la pareja de metiches impedían que, con la devoción requerida para la ocasión, pudiésemos escuchar bien las lecturas de las Escrituras y el Evangelio.
Además de pecar en pensamiento, palabra y obra, la connotada pareja de metiches tuvo el descaro de recibir con el rostro compungido, el pan que garantiza la vida eterna. Así es este mundo insólito. Consternado pregunto: ¿Habrá en el cielo un espacio para los metiches?