A los que permiten la maldad
No hay nada más mezquino que el ser humano se envilezca, y en lugar de propiciar crecer en humanidad, se permita que la maldad nos triture la vida. Está bien mantener la calma, pero no se pueden cerrar los ojos, ni taparse los oídos a la evidencia. Hay que proceder con justicia y no ceder a los chantajes. La agresividad, el odio y la venganza, crece y no hay poder que diga ¡basta!
Desgraciadamente la vida familiar y social está llena de violencia. Lamentablemente también la vida de los poderosos está crecida de males. Quien mal anda, mal acaba, y, desde luego, una sociedad acostumbrada a convivir con las maldades.
Una de las grandes maldades que no habría que tolerar son las limitaciones de los derechos humanos a las personas. Es cierto que los Organismos internacionales se refieren a la tutela de los derechos humanos y, en particular, lo hace la ONU que, con la Declaración Universal de 1948, se ha propuesto como tarea fundamental la promoción de los derechos del hombre, pero a veces no pasa de ahí, de la mera intención.
Parece, pues, que la maldad, con su carga de dolor, no conoce límites. Pero, ¿por qué se permite este aluvión de maldades? El mundo no puede adiestrarse a esta doma de malicia. Por ello, considero que las instituciones internacionales deben permanecer atentas a cualquier brote de maldad y estar listas para actuar, con total contundencia. Cada persona, por si misma, debe desistir de curar el mal por medio del mal. Como dice Hermann Hesse, "lo blando es más fuerte que lo duro; el agua es más fuerte que la roca, el amor es más fuerte que la violencia".
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