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¡Maldita violencia!


Por un momento olvídese de las estadísticas. Cada vida que se pierde en Panamá producto de la violencia que azota las calles es para lamentarse.

No basta con decir que se hacen esfuerzos para combatir a los delincuentes. Tampoco es suficiente darle el pésame a los familiares de las víctimas, de seguro va mucho más allá.

La muerte del ex gobernador de Coclé. Darío Fernández, ha encendido un debate que siempre roba la atención de los ciudadanos. La inseguridad y los planes estatales para enfrentarla.

En las calles de Panamá las organizaciones criminales se mueven con libertad y por lo general lo hacen armados. En algunos barrios los moradores conocen mejor que las autoridades como operan y también tiene temor de hablar, porque podrían ser víctimas de esos delincuentes.

En la lucha contra el crímen organizado juegan en contra varios factores. Entre los que resaltan la corrupción a lo interno de la policía y las limitaciones presupuestarias para equipar y preparar a los policías.

Es triste ver como los menores edad son utilizados para asesinar y cometer delitos vinculados con drogas. Dejando a un lado los discursos políticos, hay que ser realistas la sociedad está perdiendo valores y disciplina.

La política de seguridad del país siempre queda en dudas cuando suceden crimenes violentos. Es inconcebible que las pandillas manejen armas de grueso calibre y fusiles de guerra,

En esta guerra, donde todos la sociedad pierde, es urgente tomar decisiones efectivas. Cada vida inocente que se pierde por la delincuencia deja una huella de dolor y tristeza en un hogar.

Culpar solo a los entes represivos es también injusto. El problema radica en el órgano judicial y en una parte de la sociedad donde se ha perdido el respeto. La inseguridad es un mal que se puede controlar con una estrategia correcta e integral.