Mamá, papá: ¿eres mi madre, eres mi padre?
Hay situaciones inéditas en la vida de una familia, de una nación, de una persona. Son hechos y circunstancias que la misma mente, la misma razón, al decir de Blas Pascal, no pueden explicar, sobre todo cuando se trata de cosas del sentimiento, del amor, del cariño.
Que una madre llegue a un hospital, plagada del entusiasmo de que el bebé que durante largos meses ha llevado en su vientre está a punto de nacer; que las caricias que ha puesto cada hora, cada día, cada segundo, sin verlo, en su criatura bastando para ello con pasar sus manos sobre su propio vientre o hablarle, sin verlo, sin conocerlo, amarlo desde las más profundas entrañas del alma y del espíritu, y que, luego, habiendo transcurrido más de dos años, te diga la ciencia de la genética que ese no es tu hijo o hija, son cosas que soliviantan el mismo orden natural de las cosas, el orden jurídico, las propias reglas de la convivencia familiar, máxime si tomamos en cuenta que esta se nutre del amor eros –entre la pareja-, el amor paterno filial –de padres a hijos- y el amor filial –entre hermanos-.
¿Cómo decirle a un niño de dos años y medio y unos meses más que los que ha tenido por padres no lo son? Sin duda alguna que eso no podrá darse jamás. Sus ojitos, al abrirse, al conocer el mundo exterior, vieron la cara santa de una madre y el rostro egregio de un padre.
¿De quién fue el error o la omisión, el desvarío en el intercambio de bebés? No se trata, por el momento de buscar culpables. No, de ninguna manera, ese es tema de los investigadores, de las autoridades.
Se trata de una cuestión primaria: que se ubique o encuentre al bebé de las personas afectadas. Que se inicie, luego de ello, todo un proceso de adecuación, de estudio, de interacción lenta y espontánea, hasta que ellos estén en edad de asimilar noticias tan crueles y duras. Eso es tema de la psicología, de la ciencia de la mente, del alma. Los expertos sabrán qué hacer o qué decir.
El trauma no tiene ni límites ni espacios. Se llevarán, como una pesadilla de terror, en las almas de los progenitores, y solamente el sosiego que Dios sabe dar a los suyos podrá superar las heridas, las frustraciones, los dolores, las angustias y aflicciones.
No habrá nada que repare el sufrimiento, pues ninguna indemnización podrá paliar el dolor padecido y por padecer aún.
QUE HAYA MÁS RESPETO A LOS PROTOCOLOS, A LAS MARQUILLAS Y NOMBRES DE LOS RECIÉN NACIDOS Y OJALÁ SE PRODUZCA UNA LEY, COMO PROPUESTA DE LEGE FERENDA, QUE SEA OBLIGATORIO QUE A CADA MUJER QUE VA A DAR A LUZ SE LE PONGA EN CONOCIMIENTO DE QUE TIENE DERECHO A QUE ALGUIEN DESIGNADO POR ELLA ESTÉ PRESENTE AL MOMENTO DEL ALUMBRAMIENTO...
Pero debemos expresar que resulta penoso, triste, muy triste, harto cuestionable, que en un hospital de alta reputación, el hospital del pueblo, estas cosas puedan estar sucediendo.
La noticia ha recorrido el mundo entero. Desde España, Argentina, México, en fin, de cualquier parte se sabe ya de lo que está sucediendo en Panamá con un niño que, por supuesto error humano, –muy inhumano por cierto- le fue entregado a quienes no eran sus padres, lo peor, en doble vía.
Hay cuatro adultos afectados, los progenitores de uno y del otro, pero dos niños inocentes que nada saben de lo que está sucediendo, y que algún día, por cualquier modo o manera, conocerán la verdad, máxime cuando el caso es notoriamente público.
Que el caso que se ventila sea un mensaje claro a las autoridades de Salud, a los hospitales, clínicas privadas. Que haya más respeto a los protocolos, a las marquillas y nombres de los recién nacidos y ojalá se produzca una ley, como propuesta de lege ferenda, lo digo, que sea obligatorio que a cada mujer que va a dar a luz se le ponga en conocimiento que tiene derecho a que alguien designado por ella, desde su esposo, su madre, hermano, en fin, esté presente al momento del alumbramiento y que pueda dar fe cierta de que ese bebé, el recién nacido, es y no otro, el fruto auténtico, legítimo, de sus entrañas.
El debate queda abierto. Pero queda abierto para que mejoremos, para que sugiramos cosas positivas y no para aupar tesis e hipótesis descabelladas y que, no pocas de ellas, terminan lastimando la propia dignidad y autoestima, respeto propios de las personas involucradas con este delicado y terrible caso.
Queda abierto un debate para que, no solo en esta materia, sino en otras, referidas a la salud, empecemos a establecer correctivos y seriedad.
Si hay un derecho inalienable de todo niño, es a saber, según la Convención de los Derechos del Niño, quién o quiénes son sus padres. Eso no se lo podemos negar a niño o niña alguna, pues forma parte del enorme y valioso patrimonio de la dignidad humana, y en ella, la propia identidad.