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Manuel Antonio Noriega y su paz

Por: Redacción 02/06/2017

No juzguéis para que no seáis juzgados, porque con la vara con que medimos seremos, igualmente, medidos o juzgados y una cuarta más, así lo sentencian las sagradas escrituras. Cito la palabra del Señor porque veo, con frecuencia extrema, cómo nos hemos convertido en juzgadores oficiosos, entre nosotros mismos, de las actuaciones o acciones de nuestros congéneres.

El problema no radica en emitir tan solo un juicio de valor, una opinión, expresar una crítica, sino el síndrome del veneno que llevan aquello que expresamos o decimos, indisponiendo o pretendiendo torcer el juicio, el criterio, o la apreciación que una u otra persona, a quienes dirigimos la crítica, tiene en el seno social.

Esto lo digo a propósito del extinto general Manuel Antonio Noriega. En estos días he podido escuchar opiniones, muchas, pocas de bien, otras que detractan –tal vez con razones unas, sin ellas otras-, todo vestigio mínimo de dignidad de quien ha partido de este mundo y del que todos tenemos que partir.

Simplemente que unos nos llevan la delantera, pero hacia allá vamos todos: pulvis est et in pulverum reverteris. Polvo somos y en polvo nos convertiremos más el espíritu retornara al Señor, al Creador.

Personalmente, hace años ya, decidí no atesorar amarguras en mi corazón ni tener resentimientos contra nadie. A esa decisión llegué luego de abrigar y sufrir muchas amarguras respecto al comportamiento de los militares cuando ejercieron el poder.

Me sumé al grupo de panameños que defendimos la democracia, la justicia, la libertad, la dignidad humana y social, el derecho de un pueblo a ser libre y no estar encadenado a la opresión de sus gobernantes.

Fui uno de esos que sufrió la cárcel y el castigo inmerecido por luchar y hablar, denunciar y gritar: libertad!

Desde ese entonces, defiendo mi libertad a opinar, a criticar, a hablar sin miedos ni ataduras. Ningún hombre, nadie en lo absoluto, nació para ser esclavo de nadie, menos en sus opiniones o formas de pensar.

Creo en este credo, para mí sagrado, inobjetable, invariable y que no puede ser objeto de renuncias o de negociaciones, simplemente no es negociable.

Pero en lo que respecta a Noriega debo decir que también me sumé al grupo o puñado de hombres que fuimos, de una u otra forma, requeridos por él a fin de intercambiar opiniones, conceptos, rememorar la historia, cruzar criterios y, relato a continuación, en breves palabras, mi experiencia:

“”Llegué tembloroso, tendría frente a mi al feneral Noriega, no podía ocultarlo, extremadamente nervioso. Fue y lo seguía siendo un hombre de historia, buena o mala, no me es dable juzgarla. Él, personalmente, me recibió con una afable sonrisa. A escasos metros también estaban unos uniformados, de los actuales, que lo custodiaban y cuando lo vieron, cuales soldaditos disciplinados, inmediatamente, en regia posición de firme, dijeron “Diga mi general, ordene mi general”. El General, sin duda alguna, me dije “Es el general”. Menos de medio metro me separaba de él. Lo vi, no en su laberinto, sino en su paz, la paz que solo Cristo da a los hombres que se tienden ante él. Sonrió y dije “Cómo se siente general’”, contestó: Libre, como Pablo, encadenado, pero libre en el Señor Jesús”.

Sin entrar en detalles de nuestra larga e interesantísima conversación, no es del caso, puedo manifestar que tengo la convicción espiritual que Noriega se fue con esa paz, la paz de Cristo. Me tocó tratar al hombre, no al General!.

Tal vez él nunca lo supo, o tal vez sí, pero a los días de esta experiencia, escribí un artículo que intitulé “El Último de los militares”, en donde reivindicaba su situación penal y procesal en Panamá sosteniendo que Panamá no lo había tratado como un connacional ni había sabido defenderlo como hijo de esta nación.

Con sus defectos y virtudes, lo cierto de todo es que ingresa a formar parte de una historia que, triste y penosamente, no se enseña en la aulas escolares y menos en las universidades. Dios bendiga a la Patria!  

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Miércoles 15 de julio de 2026