Mariano
Cuando ayudaba a su padre en las labores de pesca en su natal Puerto Caimito, no era posible vaticinar que el joven y humilde pescador se convertiría en una de las más grandes figuras del béisbol norteamericano. Aquella experiencia en la orilla del mar forma parte de la biografía que Mariano Rivera escribió con una fe extraordinaria en sí mismo, con una disciplina férrea y una conducta transparente como beisbolista y como ser humano. Hoy Panamá se siente orgullosa del récord histórico de Mariano con 652 rescates, cinco anillos de Serie Mundial ganados en 19 campañas, récord sin antecedentes que abre y cierra una página de oro en la historia de las Grandes Ligas.
Con la formidable fuerza de su brazo derecho, que lanzó la pelota como un meteorito de kriptonita, Rivera ha ganado el derecho de sentarse en el pedestal de héroes panameños del deporte junto a Roberto Durán, Rod Carew y otros. Cuando los aficionados norteamericanos se levantaron de sus asientos para aplaudirlo en la emotiva ceremonia de homenaje por su retiro, hicieron lo mismo, simbólicamente, miles de orgullosos panameños que corearon su nombre ya revestido de los perfiles de la leyenda.
Los cronistas deportivos han recordado los momentos estelares de la trayectoria beisbolística de Rivera, desde que a los 19 años, siendo un novato, lo rechazó Carlos Heron –decisión que después enmendó al recomendar su contratación a los ejecutivos de los Yanquis de Nueva York-; luego al realizar su primer salvamento en 1996 cuando el director de los Yanquis, Joe Torre, lo sacó de la banca para que frenara a Los Ángeles de California, se reveló así la fibra de su temple en su primer partido como cerrador; y la brillante secuencia que se desenvolvió a partir de entonces cuando reemplazó a John Wetteland en forma definitiva y se convirtió en el principal cerrador de los Yanquis.
Triunfar en un medio tan competitivo como el béisbol profesional de Estados Unidos, en el que se desempeñan locales, dominicanos, puertorriqueños, cubanos, etc., resalta las cualidades deportivas del panameño. Pero es su vida como padre de familia, su conducta fuera de las canchas, el fervor religioso que le ha dado serenidad, equilibrio espiritual, transparencia ética, lo que sobresale nítidamente en un escenario a menudo ensombrecido por revelaciones de dopaje, sobornos, conducta desaliñada por excesos dionisiacos. El éxito no lo embriagó, los ingresos económicos millonarios no cambiaron la austeridad de su vida, la resonancia internacional de sus triunfos no lo llevaron a que olvidara su origen panameño.
Por estas y otras razones de naturaleza paradigmática, los jóvenes panameños tienen un ejemplo singular en la vida y la carrera deportiva de Mariano Rivera. Un ejemplo de lo que se obtiene honradamente sin caer en tentaciones malévolas; un modelo de lo que debe ser un deportista a carta cabal; una fuente de inspiración de que, partiendo de los sectores más humildes de la sociedad, puede alcanzar un joven panameño si su periplo personal se ciñe a las más severas exigencias consigo mismo, y se enrumba por normas éticas perdurables. Podemos poner su nombre en el frontispicio de un estadio, en una calle de Puerto Caimito. Quizás destacándolo como ejemplo a las nuevas generaciones de panameños lograremos brindarle el homenaje más justo y elocuente a Mariano Rivera.