Mariano, ni gringo ni panameño
No termina de convencer. O de meterse definitivamente en el corazón de los panameños, a pesar de que los ojos los abrió por primera vez en un humilde pueblo de pescadores, Puerto Caimito.
Mariano Rivera rompe marcas en el más importante equipo de béisbol del mundo, es idolatrado por la principal metrópolis del planeta, pero en su país no convence. No es suficiente que sea el mejor cerrador de la historia de las Grandes Ligas y sea panameño. No.
Mariano Rivera genera divisiones en su país, precisamente, porque -dicen sus críticos- no se siente orgulloso del trópico. O, mejor: no lo dice cada vez que le ponen un micrófono enfrente para escuchar sus palabras.
Para algunos, en Panamá, Mariano Rivera es demasiado gringo. O lo que es lo mismo: demasiado poco panameño. “Se olvidó de sus raíces”, es la frase que usan sus detractores.
Por eso, el mejor pícher que ha dado el istmo no es acomodado en lo alto del podio del deporte local, junto a la máxima estrella del deporte panameño: el boxeador Roberto “Mano de Piedra” Durán.
A Mariano Rivera le falta un poco más de diplomacia. Con una o dos declaraciones políticamente correctas, o con que se ponga la camiseta de Panamá para algún partido, quizás pueda ocupar el lugar que se merece.
Es que no se le discuten sus logros deportivos (y que nadie se atreve a cuestionarlos). Se le discute que no sea diplomático. Que no utilice la palabra fácil para caer bien parado.
Se le discuten, entonces, sus acciones fuera del partido. Fuera de su ámbito natural, el guante y la bola.
Por eso, Mariano Rivera divide. Porque no es diplomático. No importan sus logros, importa que utilice las palabras adecuadas.
En Panamá se discute sobre él, el resto del mundo lo disfruta, sin importar qué dice o hace afuera del campo.
