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¡Más Cristo, más Dios!

Por: Redacción 18/04/2014

Hemos leído en la Biblia las profecías que se refieren a la luna. No todas. Sino aquellas que expresan, de modo específico, que esta tornará su brillante amarillo en color rojo, rojo como el color de la sangre.

Algún medio de comunicación escrito, local, resaltó la noticia en titulares, vía internet, y se decía que “nada de misterios ni de superchería envueltas”. El científico que explicaba el fenómeno advertía: “….la Luna toma ese color rojizo característico, tono producto de todos los atardeceres y amaneceres que son refractados por la atmósfera terrestre hacia la luna”.

En el círculo de la comunidad cristiana, los científicos han estudiado las profecías bíblicas y están al tanto del cumplimiento, cabal y pleno, de cada una de ellas. Respecto al tema de la luna que “enrojece como la sangre”, han sostenido que: “Esta puede tener una explicación muy lógica y científica. La luna de sangre es un eclipse lunar el cual ocurre cuando la tierra se posiciona entre el sol y la luna. La sombra que produce la tierra tapa la luz del sol, la cual usualmente se refleja en la luna. La capa delicada de polvo en el aire de la tierra enrojece y redirige la luz del sol llenando así la oscuridad detrás de la tierra de rojo. Una de las cosas que más atraen la atención es que, tétradas (serie de eclipses lunares consecutivos) como estas solo han ocurrido 7 veces desde la venida de nuestro Señor Jesucristo y en el 2013. De todas las veces que este acontecimiento sucedió, se ha comprobado que ocurrieron eventos que impactaron al pueblo de Israel dentro del primer año del primer eclipse. La otra cosa que vale la pena mencionar es que la única ocasión en el que este acontecimiento ocurrirá en este siglo (2000 AD – 3000 AD) es en el año 2014-2015. Un grupo de investigadores cree que algo importante estará por ocurrir durante el 2014 y 2015, lo cual involucrará al pueblo de Israel y el mundo. Esto ha provocado gran polémica y debates.

Al margen de los fenómenos físicos, visibles, o de las interpretaciones científicas, hay una realidad que no soslayo: Se cumple la Palabra de Dios. Una vez más, se acredita que la Palabra de Dios es veraz, ineludible, infalible, cumplible, podrá tardar, pero se cumple. Cualquiera sea la explicación que se nos brinde del enrojecimiento de la luna, quiérase o no, se cumple la profecía: que la luna se torna roja como la sangre.

La cuestión no quedará allí. Vendrán cosas terribles para el mundo entero, sin pasar por alto, que la primera nación en ver los cambios habrá de ser la propia nación de Israel.

A los creyentes solo nos toca reposar en oración y confiar, en buena calma, en sus promesas, en las palabras promisorias de un Cristo que no se quedó en la sepultura, sino que venciendo la muerte, resucitó como muestra indubitable de su inmenso poder y amor a la humanidad.

En esta Semana Mayor, qué oportuno nos resulta el momento para advertir que se cumple, literalmente, lo dicho por el Señor a través de sus santos profetas. Cielo y tierra pasarán, dijo Jesús, “mas mi Palabra no pasará” (Mateo 24:35). Ni una “J” y tampoco ninguna “tilde” será abrogada hasta que todo se haya cumplido (Mateo 5:17-18).

La crucifixión, muerte y resurrección de Cristo no fue una farsa. Tampoco lo es la promesa de su venida, de su advenimiento lleno de poder, gloria y majestad.

Todo estaba profetizado. Desde el Antiguo Testamento, podemos ver cómo los profetas se refirieron al Mesías, a Jesús, con palabras y señales muy concretas, sin que dejaran margen a la duda o a la incertidumbre.

Nuestros actos de fe deben partir de una clara promesa del Señor: Que vendría por los suyos. A los suyos vino y los suyos no lo recibieron, más a todo aquél que lo ha recibido y ha creído en él como su Salvador personal, Dios ha prometido buenas nuevas ¡Un cielo y una tierra nueva en donde ya no habrá más llanto, ni tristezas ni dolor!

Bien se ha dicho: Dios no quiere de parte nuestra que vivamos tan solo una semana santa, sino que sea una vida, permanentemente, ¡santa!

Dios, en nuestra humana debilidad, nos proyecta hacia la perfección que solo es viable a través de Jesús. Solo en Jesús tenemos perdón y redención de nuestros pecados.

Necesitamos más Cristo, más espiritualidad, menos secularidad. La dimensión de Cristo en nuestras vidas, nuestras familias. Ello es garantía de unidad, paz y bienestar individual y familiar y, desde luego, la sociedad se retroalimentará con valores superiores de personas, hombres y mujeres, modelos.

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Viernes 7 de agosto de 2026