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Masacre egipcia

Por: Redacción 20/08/2013

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El número cada vez más elevado de muertos civiles convierte la represión militar de los golpistas de Egipto en una masacre. Los militares asaltantes del poder que solo se gana en las urnas desencadenan un exterminio sistemático de los miembros del partido Hermanos Musulmanes, estén donde estén, en mezquitas, parques públicos o en sus domicilios.

Los golpistas no tienen empacho en exponer ante la comunidad internacional que su objetivo es disolver los Hermanos Musulmanes a sangre y fuego. Sin embargo, hasta el momento la respuesta de la comunidad internacional es muy débil. Estados Unidos se ha limitado a condenar verbalmente las sangrientas represalias militares, pero mantiene el apoyo económico a los militares por ser Egipto un aliado estratégico en el Medio Oriente. Turquía ha demandado una reunión urgente del Consejo de Seguridad que no se ha realizado hasta la fecha. El secretario general de la ONU, después del fracaso de los representantes en el caso de Siria, estudia nuevas fórmulas de mediación.

El hecho es que sin ninguna presión internacional en el horizonte, se agudizan impunemente las represalias contra los opositores. La renuncia de El Baradei, director de la Agencia Internacional de Energía que aceptó formar parte de un gobierno interino, no mella la intransigencia militar en las violaciones de los derechos humanos.

Las perspectivas reformistas de la Primavera Árabe sufren un grave retroceso con el derrocamiento del gobierno egipcio dirigido por el presidente Mohamed Mursi. El paso del autoritarismo a la democracia representativa tropieza con fuerzas reaccionarias en Túnez y Libia. El asesinato de un prominente líder de la oposición tunecina y la anarquía que ensombrece Libia revelan que la democracia constituye un proyecto de difícil ejecución en los países del Magreb, donde, a diferencia de los países del África subsahariana, existen opciones más nítidas para el inicio de una nueva era política.

Hay especialistas en el mundo árabe que sostienen que el sistema democrático occidental resulta una incrustación postiza reñida con la cultura islámica. Consideran que las fórmulas políticas de viable aplicación deben partir de las entrañas históricas de naciones en las que la religión islámica fue la fuente tradicional. Irán pareciera haber obtenido un complejo equilibrio de religión y política. Por el contrario, en Irak las rivalidades entre las diferentes tendencias islámicas lo han sumergido en un escenario atroz de coches bombas y homicidios cotidianos.

La situación egipcia posee perfiles particulares: los militares tomaron el gobierno, tras el derrocamiento del rey Farouk, y lo mantienen férreamente con Gamal Nasser, Anwar el Sadat, Hosmi Mubarak y los actuales generales golpistas. Usan las armas para perpetuarse en el poder, aniquilando los partidos políticos. Los Hermanos Musulmanes fueron expulsados o encarcelados desde que irrumpieron en el escenario político. Herederos del totalitarismo de los faraones consideran vasallos a los civiles y, enemigos mortales a los opositores. Tal es quizás la esencia del problema de compleja resolución.

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