¿Matarlos resuelve el problema?
La pena de muerte, utilizada en varios países del mundo, manda un mensaje claro a los criminales. Si cometes un delito grave estás condenado a morir.
¿Matar al delincuente acabaría con los problemas de violencia y la inseguridad del país?
Es una pregunta complicada de responder, si lo analizamos desde el punto de vista de las víctimas de seguro que sí. Las personas que han vivido en carne propia esa experiencia no dudarían en pedir el máximo castigo para esa clase de delincuentes.
Ahora bien, si somos objetivos las cárceles del país no rehabilitan a nadie. Son simples centros de reclusión que albergan a toda clase de personas, desde aquellos que se robaron un tanque de gas hasta los asesinos múltiples.
Ellos conviven entre pasillos insalubres y hacinamiento extremo. Estas personas se dedican todo el día a escuchar las historias delictivas de sus compañeros de celda.
Allí aprenden como cargar un arma de fuego, como realizar un asalto y como hacer un tumbe. Es la realidad.
Todo esto en medio de la corrupción de custodios y policías, según aceptan las propias autoridades.
Muchos salen de esas celdas a delinquir y a cometer crímenes. Ellos serían fuertes candidatos a la pena de muerte.
Una propuesta como esta debe estar bien sustentada. Antes de pensar en matar al delincuente, deberían enfocar sus esfuerzos en lograr cambios sociales.
La desintegración familiar, las limitadas oportunidades para los niños y jóvenes en los barrios populares, podrían ser prioridades a corto plazo para cualquier gobierno.
Si la sociedad civil y las entidades estatales se unen para trabajar en esa dirección es probable que disminuya la violencia sin necesidad de acabar con la vida de una sola persona.