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Matuna: Bolitas de carne


Silvio Guerra Morales (opinion@epasa.com) / Abogado.

Lo recuerdo muy bien. Era un bus enorme, las cargas sobre su techo no eran nuestras. Junto a mis padres, desde Manaca Civil, habiendo salido a tempranas horas de la madrugada, veníamos todos con los sueños de quien pretende descubrir, acaso, un nuevo mundo. Y sí que lo era, pues toda la vida en el campo, socializando con los árboles y los ruidos que el monte sabe prodigar a toda hora, no tuvimos más relación social que aquella que trasciende con los niños, en la infancia, en las aulas de la primaria. Aún recuerdo algunos rostros de niñas y de niños, la careta de Rosita, con esos ojos que fisgoneaban todo, como hurgando en medio del universo de cosas y queriendo encontrar algo que sirviera para el entretenimiento.

Al caer la tarde, luego del largo viaje, llegamos a Matuna. Ni finca ni casa que cuidar para mi padre. El mundo se nos vino encima. Como quien encuentra posada que ofrece un alma que se compadece, así aconteció con nosotros. La gorda y siempre benevolente Felícita nos dio techo y sustento: un pequeño cuarto, con un buen piso pulido propio para las camas de cartón, nos sirvió como remanso de paz. La macarronada, jipata, casi sin sal, satisfizo nuestros voraces apetitos.

Dicen que no hay mal que por bien no venga. No fue fácil. En medio de las circunstancias de la pobreza corrimos todos, desde el más chico, entre los cuales me encontraba yo, a ver cómo se traía el real para la casa. No había mayor preocupación, inmensa preocupación, para nosotros, que garantizarnos, al menos de los tres golpes diarios, dos. El pan en la mañana debía estar presente, sin huevo y sin queso. Y al mediodía el arroz no podía ausentarse. Barriga llena corazón contento, eso es lo que suele decirse entre los pobres cuando comen entre tanto se soban la panza. Hay veces en que, no sé cómo, pero como que uno aprende a comerse su propia hambre o engañarse con sueños de comilonas que nunca llegan como la madre aquella que cocinaba en las tardes piedras para que sus pequeños se fueran a la cama pensando que la sopa pronto estaría.

Mi madre, siempre genial, hizo lo que sabía hacer: ricas hojaldres y bolitas de carnes, ricas, apetitosas, seductoras aun del gusto más refinado. Platón al hombro, por toda las calles de Matuna, Calle Larga, alrededor del estadio, se podía escuchar a tempranas horas el anuncio: “Hojaldres, bolitas de carne a cinco centavos, compre, compre su bolita de carne con hojaldre….” Y el eco del niño pregonero se perdía con un sencillo y entusiasta repetir de palabras que daban la impresión, a los oyentes, que había que comprar aquellas crujientes hojaldres y las bolitas de carne.

Abogado.

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Lunes 17 de agosto de 2026