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Me disgustas cuando callas

Por: Redacción 01/04/2016

Cada día me despierto con noticias extraordinarias, chismes y enfrentamientos entre políticos de gobierno y oposición, con ajusticiamientos por parte del crimen organizado y las bandas delincuenciales y, particularmente, en medio de un café, con el desencanto con el gobierno de una gran cantidad de panameños de a pie.

Para los que tenemos muchas millas recorridas por la vida, lo que acontece en Panamá no nos sorprende, y mucho menos nos asusta, toda vez que el folclorismo, las metidas de pata y las mentiras de los que se autodenominan políticos se han institucionalizado y forman parte del menú cotidiano de este país.

Empero, una nueva corriente se despunta entre los que manejan la cosa pública. La enemistad entre ministros y viceministros, diputados con diputados del mismo partido y la decepción e insatisfacción del presidente Juan Carlos Varela con el ineficiente trabajo de más de uno en su Gabinete, salta a la orden del día.

Aguilera y Donadío, del Ministerio de Seguridad, se mastican, pero no se tragan; el director y subdirector de Sinaproc mantienen una disputa tras bastidores por el control de esa entidad y los regentes de la Autoridad del Tránsito se movilizan por rumbos diferentes, mientras los propietarios de los buses piratas y organizaciones de transporte ilegales generan el "caos y la locura" en el sector.

Paralelamente, los diputados de una misma facción política se pelean como niños por un juguete, por nimiedades y caprichos, mientras el país se mantiene inmerso en un mar de estancamiento social, político y económico.

La mayoría de los ministros habla más de lo que hacen, no tienen un norte definido de lo que necesita el país, de las miles necesidades de las comunidades pobres, de la realidad nacional en materia de transporte, salud, vivienda, educación, medicamentos, agricultura y alimentación.

La gente común reclama soluciones a sus problemas, poco les interesa los conflictos entre funcionarios de alto calado, que pareciera que llegaron al puesto a través de una tómbola, porque del trabajo que les toca realizar no conocen nada o porque, simplemente, el traje de funcionario les queda grande.

Se habla de romances, de abusos de autoridad y de malos manejos de fondos, de algunos ministros, diputados y directores de entidades autónomas y semiautónomas, de que la justicia es selectiva y que el Ministerio Público recibe instrucciones directas del Ejecutivo y de que en la Corte Suprema de Justicia, la justicia y la transparencia brillan por su ausencia.

No sé cuándo el gobierno empezará a operar, a cumplir las promesas de campaña y a cambiarle la cara a este país que se ahoga en medio de la pobreza, los despidos masivos y los cierres de empresas, de hoteles y alto costo de la comida.

Lo que impera es un cambio de Gabinete o un milagro divino para darle vida a una nación afectada por el enanismo político y la terquedad de malos asesores. Necesitamos que este país avance, que los funcionarios en vez de pelear entre ellos, desafíen abiertamente y combatan la delincuencia y la inseguridad, la falta de agua. Y que, simultáneamente, solucionen el problema de las escuelas en mal estado, disminuyan los fracasos y la deserción escolar, desde Punta Burica hasta Cabo Tiburón.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. Al presidente Varela le sobra tiempo para hacer los ajustes necesarios en el engranaje gubernamental.

Tiene una oportunidad de oro para hacer un gobierno diferente, que satisfaga las reclamaciones de los más de 3 millones de panameños que esperan cambios significativos en el Istmo.

Ya basta de confrontaciones estériles entre funcionarios, de encarcelamientos políticos, de políticos sin escrúpulos que "bajo cuerdas" se enriquecen con negocios mal habidos y oscuros. Un gobierno dividido no permanece.

Necesitamos que el presidente Varela se ponga los pantalones largos y empiece a gobernar y que ponga en "cinto" a todos esos ministros, diputados y políticos de su gobierno que llegaron al puesto para servirse de él y no para servir.

Aunque la duda me atormenta, tengo la confianza de que el gobierno pueda despertar y empezar a trabajar, luego de sacudirse ese espíritu de tortuguismo, de gobernar solo para los suyos y de renunciar a ese deseo de venganza y darle paso de una vez por todas a la justicia.

Señor presidente Juan Carlos Varela, me disgusta cuando calla porque está como ausente, y oye desde lejos a miles panameños decepcionados, cuyas voces no parecen tocarlo, mientras el país se mantiene paralizado o se mueve en tres velocidades: lento, más lento y en descanso, sin haber trabajado.

Periodista

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