Me gusta cuando llueve
El clima se parece al matrimonio. Es encantador en lo que ambos tienen de impredecible y consecuente. El que vive en el trópico y lo agobia el calor o lo sofoca la humedad, añora la fría claridad de la nieve, y a los que el frío les congela el alma, sueñan con empeñarla en una isla del Caribe. También conozco gente que hipoteca su futuro por un verano en Nueva York.
Pasé mi niñez en una ciudad de malos aires, pero los conquistadores españoles, en su fiebre argentina, la bautizaron al revés. Alguien que no haya estado en el sur, no sabe lo que es el frío de la pampa húmeda. No son agujas que penetran por la piel, es un gélido dolor constante en los huesos y en la carne que asoma por los poros. No hay manta, ni poncho que abrigue. Tan sólo el calor del quebracho -cuyo rescoldo es capaz de durar hasta el amanecer- permite dormir sin castañetear de dientes ni tiritar de huesos. Allí sólo son buenos los aires de la primavera, o en los días soleados del otoño, donde cada paso desprende aromas de hojas muertas.
Aunque es en los días espléndidos del verano cuando el mundo suele entregarse por entero, como una mujer madura que está sola y espera, a mí me gusta cuando llueve porque está como dormida, y una nube de molicie enciende la penumbra de unos ojos que no dejan de mirar hacia adentro. Es el tiempo donde el mundo despierta con la tierna placidez húmeda, de una sensualidad consumada bajo el rumor de una sinfonía monótona y persistente.
Me gusta cuando llueve, porque donde sea que haya ido, siempre estaré conmigo. El agua del cielo refresca la memoria y lava recuerdos. Las cosas adquieren una claridad que antes no tenían, cuando el oro del sol transforma momentos, lugares y circunstancias y termina por confundir la ocasión de aquel preciso instante que, en un abrir y cerrar de ojos, queda atrapado en la maraña íntima de una obsesión sublime. Me gusta cuando llueve porque entonces vuelvo a ser aquel joven con los bolsillos repletos de esperanzas y la cabeza henchida de sueños. Me gusta cuando llueve porque es tiempo de volver a ver, una y otra vez, desde el comienzo, una vieja película inconclusa; donde los protagonistas son los personajes que pasaron por mi vida con la virtud fugaz de los encuentros. Mientras, por las alcantarillas, antiguos dolores terminan por morir en el tormentoso mar del olvido. Me gusta cuando llueve, porque en el diario bogar por los extremos, es cuando vuelvo a encontrar el centro. Ese precario equilibrio interior desde cuya cima se contempla el bosque sin discriminar al árbol. Me gusta cuando llueve, porque nada es más conmovedor que ver llorar de gratitud a un campesino con el rostro vuelto al cielo.
