Me sentí completo
A mis 17 años, cuando estudiaba en la escuela secundaria, los "saraos" o bailes juveniles eran habituales y muy concurridos, todos los viernes. En ese entonces, una pareja de jóvenes integrada por Alberto y Marina llamaban la atención y se robaban todas las miradas de los que asistíamos a esas tardes de diversión, para mover el esqueleto. Marina era alta, delgada, de sonrisa a media luna. Una mujer exquisita y bella, por donde se le viera. Alberto, por su parte, de mediana estatura de rasgos europeos, cabello negro y corto.
Dominaban todo tipo de bailes. Salsa, merengue, pop, bailes folclóricos y creo hasta los bailes clásicos. Para otros jóvenes como yo, que para eso del baile parecíamos tener dos pies izquierdos, Alberto y Marina eran una especie de "Olivia Newton John y John Travolta latinos", claro guardando las proporciones. Yo sentía envidia de la buena, del talento de Alberto para el baile y de su gran popularidad en la escuela. Adicionalmente, Alberto también era un gran estudiante. Lo miraba como el chico "perfecto y completo", de mi generación. Yo por mi parte, me sentía "incompleto" cada vez que intentaba compararme con mi amigo.
Ayer al de salir de la iglesia, de un culto glorioso, me detuve en un restaurante de la localidad y para mi sorpresa, me encontré a Alberto y Marina, ya casados, después de casi 30 años de no verlos. Marina, emocionada, al verme corrió y me abrazó. Alberto fue más parco y lento para saludarme. No se levantó. En el asiento del lado izquierdo de la mesa donde estaba sentado Alberto, había perfectamente ubicadas, un par de muletas. Supuse que eran de él, y no me equivoqué. ¡Una dura verdad, me explotó en la cara!
Alberto, años atrás, había perdido una de las piernas en un trágico accidente automovilístico. Al enterarme esa noche, sentí mucho dolor. Entonces, viajé en el tiempo a través de los recuerdos y me detuve en los saraos estudiantiles, en los que Alberto era el rey. "La vida te puede cambiar en un segundo", me dije a mí mismo. Empero, a pesar de la triste historia de su vida, Alberto no dejaba de sonreír.
Esa actitud me estremeció. Sonreía más de lo habitual, sonreía por todo, hasta cuando deberías regalar solo lágrimas. Luego en la conversación, me comentó que tras el accidente, se convirtió en el hombre más amargado del mundo. Hasta que durante su convalecencia, alguien le "habló de Jesucristo" y su vida cambió. Me comentó Alberto que hoy, aunque le falta una pierna, no deja de alabar y de bailar para Jesús. "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas". (2 Corintios 5:17).
La actitud victoriosa de Alberto me conmovió e intenté llorar, mas me contuve. A la hora de despedirnos, Alberto me hizo una confesión. Me dijo: "Aquilino, cuando estábamos en la secundaria, aunque no eras un gran bailarín, siempre te admiré por tus virtudes y talentos y sobre todo por tu amor y devoción a Dios"... recordó.
"Siempre quise ser como tú", precisó Alberto. Sus palabras estremecieron mi corazón. Por momentos, sentí un incremento en el número de los latidos. Y 30 años después, de estar pensando que en mi juventud era un chico incompleto, descubrí luego de tantas lunas, que siempre estuve "completo" y que era "admirado" por el más admirado, el problema es que no lo sabía. ¡Dios nunca llega tarde y sobre todo opera de manera misteriosa! Cuando Jesús aparece, todo a nuestro alrededor cambia, Él nos completa y le da sentido a la vida y, a pesar de todo, volvemos a sonreír.
Periodista