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Medicalización de la vejez

Por: Redacción 19/10/2014

Seguramente, si le preguntamos a un adulto mayor sobre su calidad o estilo de vida, recibiremos alguna respuesta vinculada, de una manera u otra, al sistema de salud, a los medicamentos y a los hospitales; lo cual no es atípico, gerontológicamente hablando, dado a que la vejez ha sido conceptualizada, por la geriatría moderna, casi como una enfermedad degenerativa. Lo que en términos de pensadores humanistas como Iván Illich vendría a ser una iatrogenia social o, medicalización de la vida del viejo en nombre, no de la salud de este grupo etario, sino de la industria médica y farmacéutica global.

De esta forma, se ha convertido a los viejos en pacientes perpetuos de clínicas y hospitales y dependientes de los fármacos; lo cual, lejos de ser una alternativa humanitaria, se debe al mismo proceso de mercantilización y politización de la salud, ya que mientras la primera se encarga de llenar el mercado de productos médicos geriátricos (medicamentos principalmente), la segunda garantiza la existencia de consumidores para dicho mercado.

Ahora bien, con esto tampoco se pretende sostener que los viejos no tengan una tendencia a desarrollar males fisiológicos y psicológicos, además de enfermedades crónicas como problemas cardiovasculares, alzhéimer y párkinson (entre otras), etc. De lo que se trata es de reconocer que muchas de estas enfermedades son el producto casi exclusivo de los estilos de vida y el mundo estresante en que vivimos, lo que implica la necesidad de un cambio de enfoque en lo que respecta a la salud de los viejos. Debemos abogar por una política de salud geriátrica orientada a la prevención y no exclusivamente a la curación. Lo que garantizaría no solo una mejor calidad de vida, en cuanto al ciclo vital restante de los viejos, sino que aliviaría sustancialmente la demanda médica y hospitalaria de los viejos, al tiempo que se regularían los gastos exorbitantes en medicina geriátrica (tanto estatal, como de las personas mayores). No obstante, aunque esto suene a utopía, en un mundo en el que el mercado y la lógica del consumismo son la pauta hegemónica de la vida, la realidad socioeconómica cotidiana del día a día de los viejos, tanto jubilados como no jubilados, exige tal permutación bioética en materia de salud pública.

En Panamá, aunque se ha adoptado la concepción medicalizada de la vejez, los viejos no son más que consumidores imperfectos de dicho mercado; ya que lejos de poder acceder a estos productos médicos geriátricos, se ven económicamente imposibilitados por aspectos estructurales, como jubilaciones y pensiones irrisorias. Esto sin hacer siquiera referencia a los verdaderos avatares y calvarios que pasan aquellos viejos sin seguridad social para poder pagar su atención médica y comprar sus medicamentos. Por otra parte, si bien es cierto que nuestra sociedad ha creado un mercado médico para los productos y servicios geriátricos, ha hecho muy poco para garantizar las condiciones mínimas y necesarias para que esta población, en términos de salud universal, tenga acceso a tales beneficios médicos de la modernidad, lo cual sería otro factor que considerar.

En Costa Rica, país centroamericano que comparte con nosotros no solo el hecho de que su población se encuentra en pleno proceso de envejecimiento demográfico, sino que también ha adoptado la concepción medicalizada de la vejez, existen plataformas institucionales que velan por la salud universal del viejo, sea este jubilado o no. También la sociedad costarricense cuenta con un hospital especializado en geriatría y gerontología (Hospital Blanco Cervantes) y un número considerable de centros de atención especializados para la atención médica de los adultos mayores; además, existen por ley descuentos en la atención médica, laboratorio y medicamentos. En comparación, los viejos en Panamá solo cuentan con descuentos en las medicinas y un pequeño hospital geriátrico de la Caja del Seguro Social (31 de Marzo); por ende, los no jubilados están totalmente excluidos de este último.

En síntesis, en Panamá, la salud de los viejos en general es una incertidumbre lamentable y, peor aún, un síntoma evidente de que sus derechos ciudadanos están siendo lesionados. De esta forma, aunque la medicalización de la vejez es una realidad socioestructural difícil de aceptar y cambiar, ya que construye las bases sociológicas para la dependencia médica del viejo, como sociedad, moralmente responsable y cónsona con su realidad sociodemográfica, debemos exigir una política de salud geriátrica y gerontológica de carácter universal y preventiva.

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